Tartamudear buscando respirar
Lo político entró por la caducidad, por una muchedumbre, por mi padre llevándome a algún lado donde discutían incomprensible. Ya tartamudeaba... la falta de aire ya estaba allí desde hacía mucho. Primero por el asma y después por la imposibilidad de la palabra. La palabra desterrada, la palabra borrada por aquello que no se puede decir. No puedo decir que el no poder decir general a fines de los 70', inicio de los 80', sea el mismo que borró, trancó, le puso una pared a mis palabras... pero el secreto seguramente no nos era ajeno, seguramente el miedo fuera un gran manto invisible que, aun sin buscar su envoltura, nos haya envuelto ingenuos, ignorantes, porque la tele nunca fue suficiente. Y mis palabras, esas pocas palabras que poseía orgullosamente, se agolparon en mi garganta, todas juntas aplastadas, y yo por fin callaba.
El silencio era político, el ruido era político, el secreto era político, Hulk era una política de lo represivo, del sometimiento, de la fuerza de la violencia, del miedo que silencia ante la furia desbocada del poder impune.
Representantes de representantes de representantes silenciando, tartamudeando el silencio, imponiendo el miedo a votos o golpes.
El asma, el aire que no alcanza, la carpa de oxígeno, Bananita González (lo único simpático de aquellas revisiones médicas), la angustia de mis padres, el amor de mis abuelos... y con todo el aire que no alcanza y nadie lo relacionaba. La violencia de la certeza, del no pensamiento, de la imposibilidad de pensar, de la imposibilidad de escuchar, de la imposibilidad de hacer algo juntos porque lo unico que podemos hacer juntos es hacer y hacer y hacer y hacer y hacer y hacer y hacer y hacer y hacer, en un suelo firme de certezas incuestionables, de sufrimientos insoportables, de alianzas obligadas que me ponen en un lugar o en el otro, adentro o afuera, más acá o más allá... pliegue la pindonga (palabra rescatada ante el temor de censura de facebook, o wordpress, o instagram, o tuyo), todo muro, todo muro, todo muro. Jamás navegar, viajamos en tren, atropellando todo aquello que no pretenda acompañarnos.
Y en un momento... puf! sin palabras, sin aire que permita deslizar los bellos sonidos de las palabras que ya no salían ni bellas, ni monstruosas, ni nada. Todo en el 84, todo el silencio junto, el mío y el de muchos, todos silenciados a base de golpes, amenaza o abuso. Un silencio que grita desde el interior de cada uno y que no para de gritar que yo sé la respuesta de esa pregunta que la maestra hace pero no voy a levantar la mano por miedo a la represalia, de los adultos pero por sobre todo de mis compañeros. De los que viven y respiran a mi lado, de los que viven y gritan silenciosamente a mi lado, cada uno ocupando su lugar, haciendo su trabajo, castigando, buchoneando o siendo castigado.
El tartamudeo, la defensa de la repetición, la repetición que protege un decir, que lo guarda paciente para que se escape entre los dientes para oidos atentos, que comprendan que hay otras velocidades, que no hay apuro, que nos podemos ver, que podemos ver cómo, que podemos encontrarnos poque esto ya no da más. Ni de una manera ni de otra, esto ya no da más.
Y cómo dijo un familiar: "Javier siempre fue un zapallo" porque no controlé, porque no posesioné, porque no me impuse, porque no pegué, porque no destruí, porque no maté, porque intenté respirar aun sujeto del cuello sin cortar la mano que me agarraba. Porque amé, porque la cagué una y mil veces, porque me aterré, porque viví aterrado, silenciado, formalizado, caducado, porque me cuestan las reglas, seguirlas y romperlas, porque no me interesa el poder, ni siquiera reconocerlo aunque lo reconozco y me silencia.
Caducado porque caducamos, porque caducando algo caducamos todo, porque nada caduca realmente y todo está allí, en la memoria, en el cuerpo, en mi cuerpo, en tu cuerpo, los silencios están allí, los terrores están allí, el abuso está allí, la tortura está allí... en la quietud, en las afirmaciones, en los abusos, en la violencia sin límites, en el gusto por la sangre que brota.
Se intentó silenciar, en cada cuerpo, pero nunca hubo un silencio... sino un tartamudeo que decía y callaba y mientras se repetía decia unas cosas y otras cosas y otras cosas que fueron de a poco haciendo un cuerpo tartamudo que repite y crea, repite y crea, repite y crea...
tartamudear o gritar, pero nunca silenciar.
El silencio era político, el ruido era político, el secreto era político, Hulk era una política de lo represivo, del sometimiento, de la fuerza de la violencia, del miedo que silencia ante la furia desbocada del poder impune.
Representantes de representantes de representantes silenciando, tartamudeando el silencio, imponiendo el miedo a votos o golpes.
El asma, el aire que no alcanza, la carpa de oxígeno, Bananita González (lo único simpático de aquellas revisiones médicas), la angustia de mis padres, el amor de mis abuelos... y con todo el aire que no alcanza y nadie lo relacionaba. La violencia de la certeza, del no pensamiento, de la imposibilidad de pensar, de la imposibilidad de escuchar, de la imposibilidad de hacer algo juntos porque lo unico que podemos hacer juntos es hacer y hacer y hacer y hacer y hacer y hacer y hacer y hacer y hacer, en un suelo firme de certezas incuestionables, de sufrimientos insoportables, de alianzas obligadas que me ponen en un lugar o en el otro, adentro o afuera, más acá o más allá... pliegue la pindonga (palabra rescatada ante el temor de censura de facebook, o wordpress, o instagram, o tuyo), todo muro, todo muro, todo muro. Jamás navegar, viajamos en tren, atropellando todo aquello que no pretenda acompañarnos.
Y en un momento... puf! sin palabras, sin aire que permita deslizar los bellos sonidos de las palabras que ya no salían ni bellas, ni monstruosas, ni nada. Todo en el 84, todo el silencio junto, el mío y el de muchos, todos silenciados a base de golpes, amenaza o abuso. Un silencio que grita desde el interior de cada uno y que no para de gritar que yo sé la respuesta de esa pregunta que la maestra hace pero no voy a levantar la mano por miedo a la represalia, de los adultos pero por sobre todo de mis compañeros. De los que viven y respiran a mi lado, de los que viven y gritan silenciosamente a mi lado, cada uno ocupando su lugar, haciendo su trabajo, castigando, buchoneando o siendo castigado.
El tartamudeo, la defensa de la repetición, la repetición que protege un decir, que lo guarda paciente para que se escape entre los dientes para oidos atentos, que comprendan que hay otras velocidades, que no hay apuro, que nos podemos ver, que podemos ver cómo, que podemos encontrarnos poque esto ya no da más. Ni de una manera ni de otra, esto ya no da más.
Y cómo dijo un familiar: "Javier siempre fue un zapallo" porque no controlé, porque no posesioné, porque no me impuse, porque no pegué, porque no destruí, porque no maté, porque intenté respirar aun sujeto del cuello sin cortar la mano que me agarraba. Porque amé, porque la cagué una y mil veces, porque me aterré, porque viví aterrado, silenciado, formalizado, caducado, porque me cuestan las reglas, seguirlas y romperlas, porque no me interesa el poder, ni siquiera reconocerlo aunque lo reconozco y me silencia.
Caducado porque caducamos, porque caducando algo caducamos todo, porque nada caduca realmente y todo está allí, en la memoria, en el cuerpo, en mi cuerpo, en tu cuerpo, los silencios están allí, los terrores están allí, el abuso está allí, la tortura está allí... en la quietud, en las afirmaciones, en los abusos, en la violencia sin límites, en el gusto por la sangre que brota.
Se intentó silenciar, en cada cuerpo, pero nunca hubo un silencio... sino un tartamudeo que decía y callaba y mientras se repetía decia unas cosas y otras cosas y otras cosas que fueron de a poco haciendo un cuerpo tartamudo que repite y crea, repite y crea, repite y crea...
tartamudear o gritar, pero nunca silenciar.
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