La policía, la gente, el Estado
Matute, el policía amigo del barrio en esa relación tensa, entre paternal, vigilante y amistosa, con los vagos que vivían en su callejón, Don Gato y sus secuaces.
Mahoney y Tackleberry, los policías locos de Locademia de Policía. El primero un delincuente bueno, un estafador (los estafadores son buenos en el cine, casi siempre), que se redime con su alistamiento en las "fuerzas del orden". El segundo un gatillo fácil duro pero al mismo tiempo sensible y con buen ojo como para no meter la pata en el uso compulsivo de armas.
Robocop y mi fascinación con el acero inoxidable provisto de armas inimaginables y un alma. Un alma que lloraba por su familia perdida al mismo tiempo que en una ráfaga de metralleta mataba a todos los malos, mientras los buenos quedaban milagrosamente a salvo (porque aquí todos creemos en Dios, sino no hay forma).
Cuando era un niño de unos 8 años quería ser policía y bombero, las dos cosas al mismo tiempo... lo más cercano a Superman que iba encontrando en una realidad que de a poco se revelaba como otra cosa algo distinta a lo que la restricción horaria de televisión de aquellos años me dejaba ver.
Y claro, todos los personajes precedentes y seguro que algunos más que estoy olvidando fueron figuras claves para esta pequeña fantasía, esa semilla de gubernamentalidad que germinaría inevitablemente en un modo de comprender el mundo y la sociedad en la que viviría.
Así que elijamos un principio. Ni niño fantaseando un superhéroe, ni adolescente con Policías en Acción. Adulto. El principio es hoy, un adulto que creció respetuoso y temeroso del poder del Estado. Clase media, burgués hasta donde debo, fugando de allí hasta donde puedo.
"Si mañana te pasa algo ya vas a querer que la policía intervenga"... los escucho, los escucho y pienso: quizás, quizás... Es probable. Hay cierto automatismo y tendencia compulsiva a la legalidad que probablemente haga que el día de mañana acuda a la policía si sucede algo. Claro que, como toda compulsión, tal acción no tiene más lógica que una mágica idea de ruina que nos acosa cuando no seguimos los caminos indicados, y no que piense que eso servirá para algo.
De igual manera que decir que querría que la policía esté cerca si me está pasando algo malo... Más bien pensaría que cualquier persona cercana me vendría bien, incluso no logro decidirme si que sea un policía sería mi mejor elección, pero bueno, supongamos que sí lo conjuraría si algo muy malo llegara a suceder... otra vez, casi como ponerse a creer en Dios.
El principio está elegido. Ya no hay fantasías ni sueños. Sino esta realidad adulta, consciente, temerosa de una persona que tiene sus cositas y le duele que se las toquen, le hace sentir inseguro, tambaleante y él (yo) cree que se merece vivir más tranquilo. Tener esas cositas que se ganó con el sudor de su frente, con el esfuerzo de toda una vida de hacer las cosas como se debe, por el camino de lo correcto, sabiendo cumplir.
Claro que no es totalmente cierto. Y no es que no hubo ni frente ni sudor. Seguro que hubo todo eso. Pero también seguro que no elegimos mucho los caminos y vamos yendo por donde podemos y haciendo lo que podemos y por donde la vida nos va llevando y empujando, con culpas, remordimientos, eludiendo unas responsabilidades y tomando otras, solidarizándonos y también manipulando. Y lo más hipócrita es que sabemos eso, lo sabemos bien, no somos engañados, sabemos que nos mentimos y seguimos mintiéndonos porque nos sostiene en nuestro discurso victimizante, reivindicatorio de nuestros derechos mayoritarios de haber hecho las cosas como se "debe" (porque al fin y al cabo todo es cuestión de una deuda que queremos cobrar porque pagamos caro por este lugar), culpando a los demás y exigiendo el pago de esa deuda. Esa mentira (que es una mentira, paradójica porque es una auto-mentira, pero mentira al fin) del lugar ganado a sudor y lágrima (nuevamente Dios por aquí, destinando a Eva y Adán al sudor y las lágrimas), nos identifica en un lugar, en un grupo, en una clase, en un sector selecto, bien intencionado, creyente de las leyes y el Estado porque ellas nos pusieron en el buen lugar.
Este es el principio. Este es mi lugar si yo quisiera tomarlo.
Pero finalmente comprendo algo. Que no se trata de buena gente o mala gente. Se trata del Estado. Del sistema. De la conservación de lo conservador. Y si estamos en eso, es importante comprender que las "fuerzas del orden" no es otra cosa que la conservación de lo que ya está conservado, del mantenimiento del "orden establecido". Muy lejos de la defensa de los más débiles, o de la protección de las vidas de las personas, etc.
En orden algo cronológico: la conservación del sistema es la conservación de su orden. La conservación del orden es la conservación de las estructuras. La conservación de las estructuras es la conservación de las jerarquías. La conservación de las jerarquías es la conservación de las alturas y las fronteras. ¿Cómo? Valorizándolas. Alturas valorizadas, moralizadas, significadas, etiquetadas. ¿Por qué tanto discurso sobre la criminalización de la pobreza? Porque de hecho se piensa al pobre como un posible criminal. Y ahí el lado correcto nos dice: "no, no es solo cuestión de pobres, los ricos roban también"... sí, pero para el cine y para muchos de nosotros los estafadores son buenos o no tan malos (un Darín en 9 reinas). Y eso es social, juega en el imaginario y produce, produce un modo de comprender que permea y habita en todos los estratos sociales de este mundo hermoso en el que vivimos.
¿Es malo el policía? ¡Que pregunta chota! El policía es un tipo o una tipa que hacen lo que pueden igual que cada uno de nosotros. Con sudor, con frente, con lágrimas, con presiones, deseos, facilidades, solidaridades y manipulaciones, con fantasías, con Robocop, y con valores (moralidades, jerarquías inventadas, etc) como todos nosotros. Y con un arma y con un permiso para usarla.
Y con una institución: La Policía... que no está para proteger al más débil sino para conservar el orden, el orden de este hermoso mundo en el que vivimos. Después cada cuerpo en el que eso encarna hace lo que puede, pero no podemos olvidar de qué se trata la institución policial.
Al mismo tiempo el Estado es el que pone los límites de esta institución de conservación, vigilancia y represión. ¿Por qué pondría límites? Porque al Estado (confluencia de juegos de poder distribuidos socialmente) no le interesa eliminar estas jerarquías, sino mantenerlas, y para eso tiene que poner límites al accionar de las fuerzas. Estos límites son "posturas correctas" para los integrantes del gobierno ante la población a la que responde, pero son esenciales para muchos que buscamos que no se de rienda suelta al posible abuso policial que no se garantiza con nuestra confianza en el plantel policial, sino con los límites que el Estado ponga a este plantel.
Los allanamientos nocturnos no es un miedo de que entren a mi apartamento en el Cordón en la noche derribando la puerta de entrada el edificio, suban al tercero y me tiren la puerta abajo. El allanamiento nocturno es una posibilidad muy muy fuerte de abuso (que ya ha pasado en pleno día y con el Frente Amplio) a sectores de la sociedad que no tienen los medios para defenderse. De igual manera el llamado gatillo fácil, que es la disminución de las axigencias para el uso de armas por parte de la policía como si todos fueran una especie de Robocop que automáticamente identifican el malo del bueno por "su forma de caminar".
Estos son límites que tenemos que cuidar, porque son los comienzos de un modo de comprender que no es nuevo, no llegó con este gobierno ni estuvo ausente en el anterior. Son las semillas del "sistema natural", del bueno y el malo, de la defensa de lo mío que me gané, que germinaron, que crecieron, como plantas carnívoras dispuestas a devorar todo lo que nos amenace.
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