Hacia el espacio de experimentación del desnudo - 3ra parte - Final
Mariel Anais - Javier Rey
¿Cómo disponer? Algunas tendencias para la gestación de un espacio, un mar de texturas invisibles. Desnudarse.
Así desnuda, saliendo de la ducha, desvestida, me desnudo pensante y recuerdo ser cuerpo susurrante.
Escucho esas voces que al recordar nombraron un nombre que se parecía al mío y al tuyo. Aquellos quienes que simplemente convocan y abren las puertas, la otra vez les ofrecimos té caliente y adentro…
Ahí está, nuestra silueta se diluye a la mínima existencia de un todo de voz apenas perceptible que te advierte de la posibilidad de su incomprensión y alienta a que los dejes pasar, que no importe la continuidad de las palabras, a que sigas, que te olvides del intento de ejecutar una consigna, que no hay jerarquías, incluso no hay palabras, si estas llegan son insinuaciones que se deslizan a través de las texturas. Las palabras son una textura más, son una rítmica acariciante, son movimientos etéreos de calor y aire, caricias, un flujo continuo que dispone un habitar más que determinar un rumbo.
Lo cierto es que nunca se sabe, nadie lo sabe porque en algún punto deja de haber un alguien que pueda saberlo. Se es ola en este mar. Los cuerpos susurrantes son una capa distinta del mar gestado, con un movimiento de tendencia envolvente, que conecta las distintas velocidades en un inicio, es un cuerpo más ágil que pone a vibrar los lugares vitales, pero en algún momento incierto esto deviene cuerpo en tránsito.
Es difícil discernir. La diferencia está en que se sabe que hay que volver y ser parte de este cuerpo, ser el movimiento envolvente, ser música, caricia susurrante, el mecimiento de entrar y salir, tomar y sacar, descomponer, abrir la puerta y despedir.
Hay un movimiento intermitente, la diferencia está en las disposiciones dadas a esos cuerpos, ¿Como serán afectados? ¿Como es la entrega que se busca? Sé es explícito en este pedido y luego se disuelve, es un juego, una danza de experiencia que disuelve la dicotomía mente - cuerpo, ¿se es mente o se es cuerpo? es estúpido pensarlo, se es desnudo, se es vibración, indiscernimiento, célula de un cuerpo que no comprende cuál es su extensión ni su alcance de ruptura en este mundo.
La urgencia del desnudo
Cuando parece que nada puede despojarnos de esas vestimentas invisibles que hacen de las ropas, los actos, los rostros, la propia piel, una armadura pronta a enfrentarse a algún enemigo indefinido y presentido.
Cuando aquello que parece el acto más libre posible se encuentra relleno de intenciones y cuidados prevencionistas de una exposición innecesaria… pero, ¿cuándo la exposición será algo necesario?
Cuando se vuelve difícil salir, encontrarse, amarse, rozarse, dar un primer paso, un segundo o todos los que vienen, llorar al aire libre, gritar sin miedo.
Cuando se prohíbe decir-hacer.
Cuando el cuerpo se vuelve sagrado, intocable, un tesoro invaluable, un diario con candado, memoria cerrada en sí misma, piel sin marcas ni cicatrices.
Cuando parece que todo es peligro.
Memorias montadas del recorrido en los laboratorios
Me permito ser tomada en esta epidérmica búsqueda, mis fronteras se disuelven y ahí queda, yo cuerpo indiscernible, no comprendo cuáles son mis límites. Mi existencia se define por los diferenciaciones de los sentires, lo pinchudo, lo húmedo, lo suave, lo húmedo otra vez, bocas de a ratos, soy toda succiones. Entran en mi los gustos más dispares, recorren en este sensible fragmento investigador todo tacto. Cada recorrido un mundo y si hay algo que me define es que lo quiero todo. Me muevo porque no puedo otra cosa, y en este movimiento constante adquiero límites confusos, siempre en trance, a veces voraces a veces gentiles. De a rato me toman sentires inconexos, la tristeza absoluta o el amor infinito. Todo ahi pululando, dejo de entender a qué se debe una cosa con la otra, supongo que al descomponer mi forma entro en un territorio en donde todo lo que me atraviesa me compone y asi estamos a la deriva infinita de las posibilidades de lo incierto.
La oscuridad, un espacio-tiempo texturado, sin rostro ni rostridad
Es la oscuridad la posibilitadora de la vivencia de un espacio-tiempo texturado. Un espacio-tiempo que básicamente ya no importa, pues desaparece en la misma experimentación de la textura, del roce, del recorrido intenso antes que extenso. Dispusimos esta oscuridad casi sin querer. Al nivel que nunca lo habíamos hecho. Experimentamos la penumbra, la claridad total, buscábamos vernos, saber que estábamos ahí y que había que manejar ese estar ahí. Pero ahora queríamos ya no ver, desplazarnos sin prevención, sin nada a lo que llegar, sin nada que nos haga decidir un camino u otro. Que la guía fuese la textura de aquello que por momentos se nos perdía del reconocimiento atento que creíamos innecesario. ¿Una percepción pura? Quizás. Quizás perder los quienes, los rostros y también las rostridades de partes (manos, pierna, cadera, tetas, dedo gordo del pie) nos acercaba a esta brevísima idea de la percepción pura. Hasta que volvemos, también por un breve momento, a querer saber… siempre queremos saber. Y al mismo tiempo queremos olvidar. Y al mismo tiempo olvidamos, no ya lo que queremos. Y en ese olvidar, un nuevo mundo, donde todo lo que éramos ya no lo seremos.
¿Cómo disponer? Algunas tendencias para la gestación de un espacio, un mar de texturas invisibles. Desnudarse.
Así desnuda, saliendo de la ducha, desvestida, me desnudo pensante y recuerdo ser cuerpo susurrante.
Escucho esas voces que al recordar nombraron un nombre que se parecía al mío y al tuyo. Aquellos quienes que simplemente convocan y abren las puertas, la otra vez les ofrecimos té caliente y adentro…
Ahí está, nuestra silueta se diluye a la mínima existencia de un todo de voz apenas perceptible que te advierte de la posibilidad de su incomprensión y alienta a que los dejes pasar, que no importe la continuidad de las palabras, a que sigas, que te olvides del intento de ejecutar una consigna, que no hay jerarquías, incluso no hay palabras, si estas llegan son insinuaciones que se deslizan a través de las texturas. Las palabras son una textura más, son una rítmica acariciante, son movimientos etéreos de calor y aire, caricias, un flujo continuo que dispone un habitar más que determinar un rumbo.
Lo cierto es que nunca se sabe, nadie lo sabe porque en algún punto deja de haber un alguien que pueda saberlo. Se es ola en este mar. Los cuerpos susurrantes son una capa distinta del mar gestado, con un movimiento de tendencia envolvente, que conecta las distintas velocidades en un inicio, es un cuerpo más ágil que pone a vibrar los lugares vitales, pero en algún momento incierto esto deviene cuerpo en tránsito.
Es difícil discernir. La diferencia está en que se sabe que hay que volver y ser parte de este cuerpo, ser el movimiento envolvente, ser música, caricia susurrante, el mecimiento de entrar y salir, tomar y sacar, descomponer, abrir la puerta y despedir.
Hay un movimiento intermitente, la diferencia está en las disposiciones dadas a esos cuerpos, ¿Como serán afectados? ¿Como es la entrega que se busca? Sé es explícito en este pedido y luego se disuelve, es un juego, una danza de experiencia que disuelve la dicotomía mente - cuerpo, ¿se es mente o se es cuerpo? es estúpido pensarlo, se es desnudo, se es vibración, indiscernimiento, célula de un cuerpo que no comprende cuál es su extensión ni su alcance de ruptura en este mundo.
La urgencia del desnudo
Cuando parece que nada puede despojarnos de esas vestimentas invisibles que hacen de las ropas, los actos, los rostros, la propia piel, una armadura pronta a enfrentarse a algún enemigo indefinido y presentido.
Cuando aquello que parece el acto más libre posible se encuentra relleno de intenciones y cuidados prevencionistas de una exposición innecesaria… pero, ¿cuándo la exposición será algo necesario?
Cuando se vuelve difícil salir, encontrarse, amarse, rozarse, dar un primer paso, un segundo o todos los que vienen, llorar al aire libre, gritar sin miedo.
Cuando se prohíbe decir-hacer.
Cuando el cuerpo se vuelve sagrado, intocable, un tesoro invaluable, un diario con candado, memoria cerrada en sí misma, piel sin marcas ni cicatrices.
Cuando parece que todo es peligro.
Memorias montadas del recorrido en los laboratorios
Me permito ser tomada en esta epidérmica búsqueda, mis fronteras se disuelven y ahí queda, yo cuerpo indiscernible, no comprendo cuáles son mis límites. Mi existencia se define por los diferenciaciones de los sentires, lo pinchudo, lo húmedo, lo suave, lo húmedo otra vez, bocas de a ratos, soy toda succiones. Entran en mi los gustos más dispares, recorren en este sensible fragmento investigador todo tacto. Cada recorrido un mundo y si hay algo que me define es que lo quiero todo. Me muevo porque no puedo otra cosa, y en este movimiento constante adquiero límites confusos, siempre en trance, a veces voraces a veces gentiles. De a rato me toman sentires inconexos, la tristeza absoluta o el amor infinito. Todo ahi pululando, dejo de entender a qué se debe una cosa con la otra, supongo que al descomponer mi forma entro en un territorio en donde todo lo que me atraviesa me compone y asi estamos a la deriva infinita de las posibilidades de lo incierto.
La oscuridad, un espacio-tiempo texturado, sin rostro ni rostridad
Es la oscuridad la posibilitadora de la vivencia de un espacio-tiempo texturado. Un espacio-tiempo que básicamente ya no importa, pues desaparece en la misma experimentación de la textura, del roce, del recorrido intenso antes que extenso. Dispusimos esta oscuridad casi sin querer. Al nivel que nunca lo habíamos hecho. Experimentamos la penumbra, la claridad total, buscábamos vernos, saber que estábamos ahí y que había que manejar ese estar ahí. Pero ahora queríamos ya no ver, desplazarnos sin prevención, sin nada a lo que llegar, sin nada que nos haga decidir un camino u otro. Que la guía fuese la textura de aquello que por momentos se nos perdía del reconocimiento atento que creíamos innecesario. ¿Una percepción pura? Quizás. Quizás perder los quienes, los rostros y también las rostridades de partes (manos, pierna, cadera, tetas, dedo gordo del pie) nos acercaba a esta brevísima idea de la percepción pura. Hasta que volvemos, también por un breve momento, a querer saber… siempre queremos saber. Y al mismo tiempo queremos olvidar. Y al mismo tiempo olvidamos, no ya lo que queremos. Y en ese olvidar, un nuevo mundo, donde todo lo que éramos ya no lo seremos.
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