Hacia el espacio de experimentación del desnudo - 2da parte
Mariel Anais, Javier Rey
La potencia creativa del encuentro, el amor puro y las conexiones vibratiles
El año comenzó con violencia. Río de Janeiro respiraba la intervención militar. Marielle aún no había sido asesinada, y sin embargo muchos nadies sí lo estaban siendo a cada momento en alguna callejuela anónima de favela. Volviendo a casa, un primero de enero de madrugada, nos cruzamos un hombre muerto en la calle, atropellado, juntaba latas. Mientras, dos millones de personas borrachas (ya no embriagadas), celebraban los fuegos artificiales de Copacabana con una hilera de cruceros con telón de fondo. En Uruguay, la idea de la inseguridad ya no hacía distingos, y el gobierno la hacía propia, aliándose de esta manera a los sectores más recalcitrantemente conservadores, agenciando este conservadurismo justificado por las imágenes y la transformación de la sensación en percepción y, por lo tanto, realidad. Una cajera muere, la mata un chico de dieciocho años, lo vemos por las cámaras, le dispara por la espalda. Lo reconocemos, pedimos su cabeza, la madre del mismo chico pide su cabeza, el pueblo pide su cabeza, el Estado va por su cabeza. Lo descabezamos, le sacamos fotos, las compartimos por whatsapp y facebook. Alegría, celebramos, ¡matamos a alguien! ¡Viva! Nos volvemos a emborrachar de una alegría amarga, triste. Me desespero, no sé cómo salir a la calle sin angustiarme, cómo trabajar, cómo escuchar, interactuar, componer con los pacientes sin decirles que no puedo más vivir en este mundo. Este mundo de odio, de muerte, de pisotones, de oscuras celebraciones.
Tengo que salir, mutar, buscar aliados. Verdaderos, no discursivos. Acciones que nos coloquen en otro lugar, que habiliten un pequeño mundo, que se fragmente en el afuera para contagiar en su molecularidad a este mundo en el que ya no podía vivir. ¿Cómo producir un espacio amoroso en sí mismo? Donde los quienes no importen en tanto quienes. Donde los cuerpos no busquen usarse, moldearse, obligarse, limitarse… sino simplemente amarse, sin cuerpos precisos, enteros, completos, generizados o identificados. Es más, donde los cuerpos sólo conserven trozos de aquellos antiguos cuerpos humanos, como un recuerdo incompleto que llena el espacio fluido que nos habita. Un espacio de pura vibración… eso andábamos necesitando.
Cuerpo
¿A quién pertenece este cuerpo? ¿Es posible hablar de pertenencias del cuerpo? A veces, en los días más oscuros, el cuerpo no me soporta o simplemente me constriñe. Pero al mismo tiempo, ¿soy algo diferente de esto que me habita? Un pliegue del tiempo. Un corte del universal devenir, es el cuerpo. Pero a veces lo desbordo… ¿es posible? ¿Les ha pasado? ¿Salirse del cuerpo? O mejor, más que salirse, sentir que se expande hacia algún lugar más allá de las fronteras conocidas y establecidas que, todos estaremos de acuerdo, limitan el territorio, que decimos privado, de nuestro cuerpo. ¿Se tiene un cuerpo? ¿Lo poseo? “Mi cuerpo es mío”... no sé… “Tu cuerpo no es tuyo”... no sé. La verdad es que no sabemos si es posible hablar de propiedad cuando nos referimos a aquello que nos conecta y nos diferencia al mismo tiempo del medio que lo contiene y, desde ya estamos dispuestos a arriesgar, lo compone. Claro, hay cuestiones jurídicas o contractuales que nos hacen poseedores relativos, o no, de un cacho de materia con determinadas características y seguro que no es esa la dimensión que nos interesa abordar aquí.
¿Cómo es que hay cosas? En este universo de energía y elementos mínimos, imperceptibles, conectados con otros por una especie de resonancia vibratoria, que generan espacios y tiempos más o menos condensados, intensidades convergentes, divergentes, oscilantes, caóticas… ¿cómo es posible hablar de cosas? ¿La cosa es una convención? ¿Un modo perceptual que se impone a los demás modos de percibir? ¿O solo un efecto físico que está más allá de nosotros, seres psíquicos, sujetos de derechos? Porque el derecho aparece después que el sujeto se determina y por eso decidimos pararnos un paso antes (o dos): ¿sujeto? ¿A qué? ¿A la piel y los órganos? ¿Al mundo por atracción gravitatoria o deformación del espacio-tiempo? ¿Al mandato de ese otro que se hace llamar pareja? Hay algo aquí, en estas experiencias, que nos asegura que ni el derecho ni la idea de propiedad tienen que ver con el cuerpo. ¿Qué es el cuerpo? Un acontecimiento. Nuevamente, un corte del universal devenir. ¿Y qué es un acontecimiento? ¡Ah! ¡Eso ya es otra cosa! El cuerpo es cuerpo porque, a lo menos, expresa, percibe, siente… en principio de manera pura, es decir, sin nadie que reciba la expresión, que aporte lo que se siente o señale lo percibido. El cuerpo me lleva y se expande hasta donde se alcance a sentir su extensión. Que al mismo tiempo produce cortes, vacíos, discontinuidades, retracciones. Entonces, es esto que vemos cuando vemos nuestras manos, piernas, abdomen… en fin, piel y lo que suponemos que hay detrás de ella. Y que nos hace definitivamente algo separado del resto del espacio en el que estoy metido: habitación, ciudad, país, mundo, universo, ¿y qué más? Pero al mismo tiempo el cuerpo desborda esa materia y lo sabemos; por momentos somos mucho más que eso y por momentos somos mucho menos. Nos alojamos en una uña ante el dolor, doblamos la extensión en el amor, por momentos somos puro vacío o un pequeño nudo en la garganta, nos volvemos manada, cardumen o seres solitarios atravesando el desierto. El cuerpo va y viene, se expande y se retrae, es colectivo (y por eso propio en alguna medida), capa continua sin fin y espacio topológico cerrado, cortes, vacíos, sensaciones, percepciones, afecciones y acciones. En fin, intensidades en las cuales reconocemos algo de nosotros y que al mismo tiempo por ellas nos definimos. ¿Un pliegue del tiempo? Memoria plegada. Eso también es el cuerpo: memoria plegada en un presente tan ancho como el universo. Una memoria sin pasado, adherida a los huesos, componiendo la carne y los músculos. Al final, al inicio o por el medio, somos tiempo, nada más.
La potencia creativa del encuentro, el amor puro y las conexiones vibratiles
El año comenzó con violencia. Río de Janeiro respiraba la intervención militar. Marielle aún no había sido asesinada, y sin embargo muchos nadies sí lo estaban siendo a cada momento en alguna callejuela anónima de favela. Volviendo a casa, un primero de enero de madrugada, nos cruzamos un hombre muerto en la calle, atropellado, juntaba latas. Mientras, dos millones de personas borrachas (ya no embriagadas), celebraban los fuegos artificiales de Copacabana con una hilera de cruceros con telón de fondo. En Uruguay, la idea de la inseguridad ya no hacía distingos, y el gobierno la hacía propia, aliándose de esta manera a los sectores más recalcitrantemente conservadores, agenciando este conservadurismo justificado por las imágenes y la transformación de la sensación en percepción y, por lo tanto, realidad. Una cajera muere, la mata un chico de dieciocho años, lo vemos por las cámaras, le dispara por la espalda. Lo reconocemos, pedimos su cabeza, la madre del mismo chico pide su cabeza, el pueblo pide su cabeza, el Estado va por su cabeza. Lo descabezamos, le sacamos fotos, las compartimos por whatsapp y facebook. Alegría, celebramos, ¡matamos a alguien! ¡Viva! Nos volvemos a emborrachar de una alegría amarga, triste. Me desespero, no sé cómo salir a la calle sin angustiarme, cómo trabajar, cómo escuchar, interactuar, componer con los pacientes sin decirles que no puedo más vivir en este mundo. Este mundo de odio, de muerte, de pisotones, de oscuras celebraciones.
Tengo que salir, mutar, buscar aliados. Verdaderos, no discursivos. Acciones que nos coloquen en otro lugar, que habiliten un pequeño mundo, que se fragmente en el afuera para contagiar en su molecularidad a este mundo en el que ya no podía vivir. ¿Cómo producir un espacio amoroso en sí mismo? Donde los quienes no importen en tanto quienes. Donde los cuerpos no busquen usarse, moldearse, obligarse, limitarse… sino simplemente amarse, sin cuerpos precisos, enteros, completos, generizados o identificados. Es más, donde los cuerpos sólo conserven trozos de aquellos antiguos cuerpos humanos, como un recuerdo incompleto que llena el espacio fluido que nos habita. Un espacio de pura vibración… eso andábamos necesitando.
Cuerpo
¿A quién pertenece este cuerpo? ¿Es posible hablar de pertenencias del cuerpo? A veces, en los días más oscuros, el cuerpo no me soporta o simplemente me constriñe. Pero al mismo tiempo, ¿soy algo diferente de esto que me habita? Un pliegue del tiempo. Un corte del universal devenir, es el cuerpo. Pero a veces lo desbordo… ¿es posible? ¿Les ha pasado? ¿Salirse del cuerpo? O mejor, más que salirse, sentir que se expande hacia algún lugar más allá de las fronteras conocidas y establecidas que, todos estaremos de acuerdo, limitan el territorio, que decimos privado, de nuestro cuerpo. ¿Se tiene un cuerpo? ¿Lo poseo? “Mi cuerpo es mío”... no sé… “Tu cuerpo no es tuyo”... no sé. La verdad es que no sabemos si es posible hablar de propiedad cuando nos referimos a aquello que nos conecta y nos diferencia al mismo tiempo del medio que lo contiene y, desde ya estamos dispuestos a arriesgar, lo compone. Claro, hay cuestiones jurídicas o contractuales que nos hacen poseedores relativos, o no, de un cacho de materia con determinadas características y seguro que no es esa la dimensión que nos interesa abordar aquí.
¿Cómo es que hay cosas? En este universo de energía y elementos mínimos, imperceptibles, conectados con otros por una especie de resonancia vibratoria, que generan espacios y tiempos más o menos condensados, intensidades convergentes, divergentes, oscilantes, caóticas… ¿cómo es posible hablar de cosas? ¿La cosa es una convención? ¿Un modo perceptual que se impone a los demás modos de percibir? ¿O solo un efecto físico que está más allá de nosotros, seres psíquicos, sujetos de derechos? Porque el derecho aparece después que el sujeto se determina y por eso decidimos pararnos un paso antes (o dos): ¿sujeto? ¿A qué? ¿A la piel y los órganos? ¿Al mundo por atracción gravitatoria o deformación del espacio-tiempo? ¿Al mandato de ese otro que se hace llamar pareja? Hay algo aquí, en estas experiencias, que nos asegura que ni el derecho ni la idea de propiedad tienen que ver con el cuerpo. ¿Qué es el cuerpo? Un acontecimiento. Nuevamente, un corte del universal devenir. ¿Y qué es un acontecimiento? ¡Ah! ¡Eso ya es otra cosa! El cuerpo es cuerpo porque, a lo menos, expresa, percibe, siente… en principio de manera pura, es decir, sin nadie que reciba la expresión, que aporte lo que se siente o señale lo percibido. El cuerpo me lleva y se expande hasta donde se alcance a sentir su extensión. Que al mismo tiempo produce cortes, vacíos, discontinuidades, retracciones. Entonces, es esto que vemos cuando vemos nuestras manos, piernas, abdomen… en fin, piel y lo que suponemos que hay detrás de ella. Y que nos hace definitivamente algo separado del resto del espacio en el que estoy metido: habitación, ciudad, país, mundo, universo, ¿y qué más? Pero al mismo tiempo el cuerpo desborda esa materia y lo sabemos; por momentos somos mucho más que eso y por momentos somos mucho menos. Nos alojamos en una uña ante el dolor, doblamos la extensión en el amor, por momentos somos puro vacío o un pequeño nudo en la garganta, nos volvemos manada, cardumen o seres solitarios atravesando el desierto. El cuerpo va y viene, se expande y se retrae, es colectivo (y por eso propio en alguna medida), capa continua sin fin y espacio topológico cerrado, cortes, vacíos, sensaciones, percepciones, afecciones y acciones. En fin, intensidades en las cuales reconocemos algo de nosotros y que al mismo tiempo por ellas nos definimos. ¿Un pliegue del tiempo? Memoria plegada. Eso también es el cuerpo: memoria plegada en un presente tan ancho como el universo. Una memoria sin pasado, adherida a los huesos, componiendo la carne y los músculos. Al final, al inicio o por el medio, somos tiempo, nada más.
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