Hacia el espacio de experimentación del desnudo - 1ra parte

Mariel Anais, Javier Rey

¿Quiénes vienen? ¿Cómo vienen? Los quienes, la disolución y el contagio

La primera vez que recibí esta propuesta, no supe muy bien en que podría ser, solo sabía que me gustaban las derivas por las que andaba la gente que hacía este llamado, y que prometía ser una vivencia intensa. Supongo que muchas de las personas que han venido al laboratorio deben de haberse sentido movidas a participar por estas mismas razones. ¿Cómo explicarse el deseo de asistir a un laboratorio del desnudo? Porque no te están invitando a una orgía, no es un desafío al atentado al pudor en vía pública, no hay un propósito explícito en el solo acto de experimentación.

El propósito explícito era lo que buscábamos evitar. Llevábamos unos meses discutiendo, en una sala, al fuego de una estufa leña, sentados como buenos licenciados en psicología, tranquilos de que por ahí alguien dijo “la palabra lo es todo y todo es palabra”. Solo había algo claro: estábamos vestidos. Y para nosotros esa idea clara nos dibujaba la misma situación en la que nos encontrábamos, con sus diálogos inteligentes, sus posturas intelectuales, la comodidad de un fuego de fría primavera que nos ponía al abrigo del temor, a esa altura ya terror, de quedar desnudos, expuestos ante los otros. Hasta que apareció Pablo y una mañana de marzo, solos en casa de mi hermano, con dos breves instrucciones -ponete allá, sacate la ropa-, rompió el hechizo.

Debo admitir que también me daba un poco de vértigo la palabra “desnudo”, y el despojo total en una invitación a… algo bastante incierto. Recuerdo que pensé, “¿qué es lo más loco que se le puede ocurrir a Javier: que nos desnudemos? ¿Es tan grave? No, ta, entonces voy”. Esa fue mi propia charla interna. La verdad es que no sabía a lo que iba en ese entonces. Aún hoy incluso estando desde otro lugar, planificando las disposiciones,  invitando, recibiendo, desnudando. Aún así, nunca sé qué es lo que me voy a encontrar, ni qué es lo que encuentro. Esa búsqueda por lo incierto, por lo frágil, lo indiscernible, es un estado poco común en esta vida. Para habitar este cuerpo intenso cada quien que entra descompone sus límites, sus fronteras.

Que también es lo que nunca se perdió: la búsqueda de lo incierto, lo frágil. Había visto la performance Baba Antropofágica (Clark, L; 1973) y un calzoncillo en medio de toda la piel y la saliva me tenía obsesionado. En ese calzoncillo, en ese pedazo de tela tan tan pequeña se concentraba y ocultaba toda la vulnerabilidad, toda la dignidad, toda la verdad de ese ser, ese ser hombre que se constituía como tal en la posesión de un pene supuesto bajo ese pedacito de tela… ¿habrá algo más fálico? Esta performance sería, desde ese momento, más ficticia que cualquier serie burda de Netflix. Y todo por un calzoncillo. Hay algo de lo genuino que se pierde en el acto del ocultamiento, del disfraz, y no podía dejar de pensarlo. Lo genuino no se jugaba en el despojo o no de la ropa, sino en el acto mismo del ocultamiento: te sacaste todo todo todo y ocultás diez centímetros cuadrados de piel, ¿qué hay allí que cambia toda tu historia?¿Qué se devela si arrancamos esa telita de algodón?

Cada quien es perfilado por distintos por distintas líneas, algunas son tan comunes a todos como nuestros propios nombres, el uso que hacemos de las palabras, o los propósitos ejecutivos de cada uno de nuestros actos en la vida cotidiana. Hay otras líneas que pueden ser menos compartidas, las ideas que tenemos sobre los vínculos amorosos, el relacionamiento con la propia imagen, con la intimidad, con lo incierto.

La falta de propósito claro, la exclusión absoluta de una terapéutica, abría el campo a todos las líneas que pudieran caber en ese pequeño espacio. La convergencia intensa de los cuerpos, sus encuentros y movimientos, no homogeneizaba la topología en una cualidad. Las intensidades en sus diferencias constitutivas no sólo duraban, sino que se intensificaban en la composición.

Los laboratorios del desnudo son un campo dispuesto para desandar estos cuerpos formateados. No se habla, no se ve, las voces que guían susurran una búsqueda, insisten en una música del movimiento. Entonces a veces entro, exploro, me pierdo, pero a veces lucho, pienso lo que hago, busco las formas, los órganos en lo que está dispuesto como mar de texturas. Pero al ser un mar de texturas, seguramente una ola me tome nuevamente, y ahí van, en ese vaivén se mueven, se descomponen y se vuelven a componer.

Un mar de olas fuimos en el laboratorio del Cuerpo sin Órganos, hace ya varios años, en un congreso de salud mental en Buenos Aires (2010). Pequeñas gotas en el mar. No somos tan importantes. Y somos todo al mismo tiempo. Persistimos como gotas en el vuelo impulsado por una corriente brusca, individuales, creyéndonos y dotando de propiedades eternas esa individualidad fugaz que se conformaba en el aire. Y nos diluimos cual agua en el agua, en el placer absoluto de los cuerpos que se atraviesan en el tránsito caprichoso desde un lugar cualquiera a otro lugar cualquiera. Y en los desnudos el desafío se amplía: se habita la soledad poblada de susurros, de vientos y roces fugaces que transitan sin una necesaria búsqueda; se habita la maraña de cuerpos, de extremidades finas que caminan, articulaciones que exploran, se adentran; se habita un tapizado de pieles, texturas, pliegues, humedades; se habita el descanso en el mimo y la caricia casual.

En algún punto, este mar de cuerpos adquiere un movimiento propio, desligado incluso del susurro. Cuando amaina, justo ahí, en alguna aparente detención del cuerpo, vuelven los cuerpos susurrantes a descomponer, comenzando a asentar las partes más externas y alejadas. Se las toma, se las viste, y se las despide en la puerta. Uno a uno, los quienes de este cuerpo vuelven a reincorporarse, medios ebrios, así perdidos, descompuestos. Siempre es una incorporación a medias, así se van andando por las calles que les parecen ajenas, entran en charlas que no comprenden, el mundo pasa a ser un universo extranjero…

Embriagados callejeros. Absolutos. Llenos. Desbordados del mundo y al mismo tiempo por fuera de él. Infinitos constreñidos al espacio de nuestra piel. Perfectos. Nada puede ya sucedernos, porque somos aquello que sucede. “Perfekt, perfecto, pleno, acabado, terminado, íntegro, integral, cumplido, incondicional. No dependiendo de nada más que de sí, no teniendo ninguna dependencia, reposando sobre sí mismo: substantia. Perfectamente lleno de sí mismo, saturado, colmado, saciado. Selbstbesoffen. Sujeto embriagado de sí. Nada puede ya ocurrirle, ningún accidente” (Nancy, J-L; Embriaguez; p. 77).

¿Qué sucede después del desnudo?

Simplemente algunas lógicas dejan de tener sentido, o al menos trastabillan. Hay un registro de otros modos posibles, tan descompaginados en relación a la vida cotidiana, que queda en cada uno de esos quienes la fuerza de esta deriva. La certeza de otros modos posibles queda estampada en los cuerpos, maquinando en imágenes de una memoria errante, memoria del desnudo. Imagenes deseantes, disociadas de este mundo acción-reacción.










Comentarios