Traducciones - 2da parte
(Continuación del post Traducciones - 1ra parte)
¿Por qué hay algo que no anda? Quizás no haya un fundamento. Quizás sea solo el deseo que no haya un mundo ideal, que no exista “lo mismo”, que siempre sea otra cosa. Que la repetición no repita, que la diferencia sea aquello más pequeño que podemos encontrar, es decir, que la diferencia sea finalmente lo que nos constituye.
Si así fuera, no habría posibilidad de semejanzas, de reconocimientos, de representaciones, o sea de copias. Nada puede representarme porque en algún punto se asemejaría a mí. Ni este escrito, ni los pensamientos, ni el lenguaje, ni una foto… nada me representa. No hay fundamento, solo un fuerte deseo que así sea.
El primero fue Lucrecio. En tanto los átomos se muevan según sus semejanzas (tamaño y peso) nada sucede, nada existe, nada se crea. Solo algo que forma parte de cada átomo y lo constituye como una diferencia en sí misma puede hacer mundo: el clinamen. El clinamen es una propiedad caprichosa, sin ley, que desvía cada átomo haciendo que choquen unos con otros y las cosas del mundo comiencen a existir. Y Lucrecio escribía y uno podía ver como las palabras comenzaban a chocar unas con otras creando los torbellinos de los que Lucrecio hablaba. No había representación, “lo mismo” no tenía lugar, porque desde él nada surge que no sea diferencia en sí misma.
Podemos seguir por otros desfondadores del fundamento: Spinoza, Nietszche, Bergson… Lo importante es que ni el pensamiento representa mi cuerpo, ni el lenguaje representa mi pensamiento. Son puras producciones que surgen de otras producciones. Producción de producción.
Es un cuerpo-pensamiento. Y el lenguaje como una producción más, como otro cuerpo-pensamiento. Como una prótesis que ya no se diferencia del propio cuerpo (porque no hay cuerpo propio). El lenguaje como afección del encuentro, de relaciones, de relaciones de composición de lo individual y de lo transindividual (y es que ya no hay forma de disociarlos, en la medida en que definamos un individual, el transindividual ya forma parte y es compuesto por ese individual).
Redundemos un poco en esto, sabiendo que la redundancia aún pareciendo repetición, intensifica la diferencia.
Un lenguaje como producción y no como representación de un pensamiento, un lenguaje impulsado por el pensamiento pero no semejante a él. Así como el artesano no se asemeja a sus artesanías sino que las produce, el pensamiento no guarda relación de semejanza con el lenguaje, sino de producción.
El problema es creer el pensamiento, el cuerpo o el lenguaje como constituciones acabadas. Si fueran individualidades cerradas, es difícil pensar que lo que surja de allí no asemeja en algún modo el sustrato de origen. Si lo que me conforma son cubitos de lego, es muy difícil pensar que lo que surja de mí sea otra cosa que cubitos de lego. Sin embargo, toda individuación es indisociable de virtualidades que le son contemporáneas. Simondon les llama potenciales preindividuales, pero no importa su nombre. Se trata de potenciales que nos coexisten, que son la otra cara de la materialidad que nos constituye. No se nos oponen, no son las sobras, no son las decisiones que perdieron; tienen otro estatuto, son virtualidades porque no recubren ninguna utilidad que precise de su actualización, no forman parte de lo actual simplemente porque no hay utilidad en el momento de conformación. Un recuerdo se produce en el presente de ese recuerdo, sin embargo en ese momento es virtual porque, estando el presente presente, el recuerdo que le es contemporáneo es inútil. Únicamente en un nuevo presente ese recuerdo se actualizará en una imagen-recuerdo en un registro de utilidad (imagen-recuerdo que no se asemeja al recuerdo puro, ya que no hay comparación posible entre lo virtual y lo actual). En la potencia de los virtuales es donde podemos pensar en una producción que no se asemeje a la individuación anterior, ya que esta individuación es contemporánea de potenciales preindividuales que aportan a la producción de nuevas individuaciones.
El lenguaje que surje de un pensamiento no es deficiente respecto al pensamiento (como solemos pensar: “las palabras no me alcanzan”), sino acorde no solo a la actualidad del pensamiento sino también a su virtualidad. No se asemejan, sino que son otro medio, compuesto por potenciales y materialidades del medio anterior (el pensamiento en su doble condición de actual y virtual).
La traducción entonces se desprende del sentido y surge como operación, como operación de pasaje de afectos e individuación. A esta operación Simondon le llama transducción. Entre estos afectos se encuentra el sentido, pero no como una guía supra terrenal, sino como un componente actual-virtual del plano de donde parte la operación y que presionará en la nueva individuación (en lo que llamamos “la traducción”) tanto como otros elementos, otros afectos, otras actualidades, otras virtualidades. También el amor a la letra es un elemento de composición. La diferencia es que estos elementos funcionaban como directores privilegiados de la operación (que no era considerada operación, sino proceso), y en este caso los pensamos como elementos entre otros.
La traducción (de aquí en más cuando escriba traducción me refiero a su concepción tradicional) se concibe como un proceso, dada una continuidad de la acción, la traducción garantiza la continuidad de un texto en el siguiente. Incluso Benjamin decía que una obra se realiza en su traducción, porque este proceso intensificaba el sentido puro del original. En cambio la transducción es una operación, básicamente porque no hay continuidad posible, se trata de un salto literal, pues el involucramiento de los potenciales preindividuales hacen existir cosas que antes no estaban. Es una aparición de una nueva realidad, de una nueva individuación, por lo tanto no hay continuidad desde un lugar al otro. Son los electrones saltando entre niveles orbitales del átomo.
Hay una racionalidad de la traducción y una lógica de la transducción. La racionalidad de la traducción se orienta con los elementos privilegiados a priori. No toma en cuenta el mundo en la cual la traducción se realiza, o resulta para ella lo menos importante. Si se decide por la traducción de la letra, los afectos en juego en el medio de origen, la tarea, el nuevo medio, etc, son subsumidos a la letra, produciendo un proceso absolutamente racional y nada lógico, es decir, sin tomar en cuenta las relaciones existentes entre los elementos de la traducción. En cambio, la transducción no puede ser más que lógica, toda la operación consiste en la red potencial y afectiva que posibilita el pasaje nuevo medio.
¿Podremos tender hacia una clínica lógica en oposición a una clínica racional? ¿Qué sería una racionalidad de la clínica? Supongo que la racionalidad de la clínica es tomarla como un dado a priori, sería centrar el encuentro clínico en determinadas directrices que preceden al mismo, sean ellas las estructuras edípicas, los hábitos comportamentales o las epistemes de lo sin fundamento. Cualquier orientador que se instale en el encuentro como orientador prioritario y sea precedente a él, establecerá una racionalidad del mismo, que desconocerá las lógicas de composición. Sin embargo estas lógicas de composición no pueden negar las cosas con las que hacemos cuerpo, solo que esas cosas son otros elementos de composición del plano del encuentro clínico: transducción.
Podemos pensar así el encuentro clínico como transductivo, sin imponer la transducción a los quienes que co-habiten el espacio como algo que deberían vivir. Para que lo transductivo nos habite lo primero es no priorizarlo, sino vivirlo como tal, soltar la voluntad de imponer todo lo que creemos que está bien y componer aquello que sentimos con los afectos del encuentro. Habilitar la memoria sacudiéndose la historia, poner el cuerpo descomponiendo el rostro, romper con el Otro degradando al yo… Ya no hay manera de interpretar, porque el concepto tiene sentido en una estructura disuelta a través de la transducción. Hay un intercambio constante entre actual y virtual, entre opaco y límpido, aquello que no se veía se ve, aquello que era claro se difumina.
Si ya no tengo que mantener mi lugar, mi persona, mi estatus, mi título, mi saber, la racionalidad se derrumba, puedo decir-hacer algo allí y puede prender o no, entregándose a una lógica del encuentro más experimentada que racionalizada. De allí los saltos y la discontinuidad de tomar el plano de un encuentro (virtual-actual) y saltar hacia otro plano con otros actuales-virtuales. Interpretar aun desde su sentido más abstracto de no-interpretar, ya perdió todo espacio, todo lugar, responde a otras lógicas, a otro mundo, a otras consistencias.
Finalmente. Quizás no deba ser tan radical y sí radicalizarme definitivamente. No ser tan radical en el sentido de no dicotomizar el par traducción-transducción. Y para esto no tengo más remedio que radicalizarme hasta el fin, diciendo que quizás podamos pensar la traducción como un modo de la transducción (un modo restringido a la representación). Entonces habría que decir que quizás la representación es un modo de la producción (un modo restringido a lo semejante). Y que lo semejante sea quizás un modo de la diferencia (el modo menos potente). Así la diferencia es la mínima expresión. Y volvemos a Deleuze: si hay repetición, es de la diferencia.
¿Por qué hay algo que no anda? Quizás no haya un fundamento. Quizás sea solo el deseo que no haya un mundo ideal, que no exista “lo mismo”, que siempre sea otra cosa. Que la repetición no repita, que la diferencia sea aquello más pequeño que podemos encontrar, es decir, que la diferencia sea finalmente lo que nos constituye.
Si así fuera, no habría posibilidad de semejanzas, de reconocimientos, de representaciones, o sea de copias. Nada puede representarme porque en algún punto se asemejaría a mí. Ni este escrito, ni los pensamientos, ni el lenguaje, ni una foto… nada me representa. No hay fundamento, solo un fuerte deseo que así sea.
El primero fue Lucrecio. En tanto los átomos se muevan según sus semejanzas (tamaño y peso) nada sucede, nada existe, nada se crea. Solo algo que forma parte de cada átomo y lo constituye como una diferencia en sí misma puede hacer mundo: el clinamen. El clinamen es una propiedad caprichosa, sin ley, que desvía cada átomo haciendo que choquen unos con otros y las cosas del mundo comiencen a existir. Y Lucrecio escribía y uno podía ver como las palabras comenzaban a chocar unas con otras creando los torbellinos de los que Lucrecio hablaba. No había representación, “lo mismo” no tenía lugar, porque desde él nada surge que no sea diferencia en sí misma.
Podemos seguir por otros desfondadores del fundamento: Spinoza, Nietszche, Bergson… Lo importante es que ni el pensamiento representa mi cuerpo, ni el lenguaje representa mi pensamiento. Son puras producciones que surgen de otras producciones. Producción de producción.
Es un cuerpo-pensamiento. Y el lenguaje como una producción más, como otro cuerpo-pensamiento. Como una prótesis que ya no se diferencia del propio cuerpo (porque no hay cuerpo propio). El lenguaje como afección del encuentro, de relaciones, de relaciones de composición de lo individual y de lo transindividual (y es que ya no hay forma de disociarlos, en la medida en que definamos un individual, el transindividual ya forma parte y es compuesto por ese individual).
Redundemos un poco en esto, sabiendo que la redundancia aún pareciendo repetición, intensifica la diferencia.
Un lenguaje como producción y no como representación de un pensamiento, un lenguaje impulsado por el pensamiento pero no semejante a él. Así como el artesano no se asemeja a sus artesanías sino que las produce, el pensamiento no guarda relación de semejanza con el lenguaje, sino de producción.
El problema es creer el pensamiento, el cuerpo o el lenguaje como constituciones acabadas. Si fueran individualidades cerradas, es difícil pensar que lo que surja de allí no asemeja en algún modo el sustrato de origen. Si lo que me conforma son cubitos de lego, es muy difícil pensar que lo que surja de mí sea otra cosa que cubitos de lego. Sin embargo, toda individuación es indisociable de virtualidades que le son contemporáneas. Simondon les llama potenciales preindividuales, pero no importa su nombre. Se trata de potenciales que nos coexisten, que son la otra cara de la materialidad que nos constituye. No se nos oponen, no son las sobras, no son las decisiones que perdieron; tienen otro estatuto, son virtualidades porque no recubren ninguna utilidad que precise de su actualización, no forman parte de lo actual simplemente porque no hay utilidad en el momento de conformación. Un recuerdo se produce en el presente de ese recuerdo, sin embargo en ese momento es virtual porque, estando el presente presente, el recuerdo que le es contemporáneo es inútil. Únicamente en un nuevo presente ese recuerdo se actualizará en una imagen-recuerdo en un registro de utilidad (imagen-recuerdo que no se asemeja al recuerdo puro, ya que no hay comparación posible entre lo virtual y lo actual). En la potencia de los virtuales es donde podemos pensar en una producción que no se asemeje a la individuación anterior, ya que esta individuación es contemporánea de potenciales preindividuales que aportan a la producción de nuevas individuaciones.
El lenguaje que surje de un pensamiento no es deficiente respecto al pensamiento (como solemos pensar: “las palabras no me alcanzan”), sino acorde no solo a la actualidad del pensamiento sino también a su virtualidad. No se asemejan, sino que son otro medio, compuesto por potenciales y materialidades del medio anterior (el pensamiento en su doble condición de actual y virtual).
La traducción entonces se desprende del sentido y surge como operación, como operación de pasaje de afectos e individuación. A esta operación Simondon le llama transducción. Entre estos afectos se encuentra el sentido, pero no como una guía supra terrenal, sino como un componente actual-virtual del plano de donde parte la operación y que presionará en la nueva individuación (en lo que llamamos “la traducción”) tanto como otros elementos, otros afectos, otras actualidades, otras virtualidades. También el amor a la letra es un elemento de composición. La diferencia es que estos elementos funcionaban como directores privilegiados de la operación (que no era considerada operación, sino proceso), y en este caso los pensamos como elementos entre otros.
La traducción (de aquí en más cuando escriba traducción me refiero a su concepción tradicional) se concibe como un proceso, dada una continuidad de la acción, la traducción garantiza la continuidad de un texto en el siguiente. Incluso Benjamin decía que una obra se realiza en su traducción, porque este proceso intensificaba el sentido puro del original. En cambio la transducción es una operación, básicamente porque no hay continuidad posible, se trata de un salto literal, pues el involucramiento de los potenciales preindividuales hacen existir cosas que antes no estaban. Es una aparición de una nueva realidad, de una nueva individuación, por lo tanto no hay continuidad desde un lugar al otro. Son los electrones saltando entre niveles orbitales del átomo.
Hay una racionalidad de la traducción y una lógica de la transducción. La racionalidad de la traducción se orienta con los elementos privilegiados a priori. No toma en cuenta el mundo en la cual la traducción se realiza, o resulta para ella lo menos importante. Si se decide por la traducción de la letra, los afectos en juego en el medio de origen, la tarea, el nuevo medio, etc, son subsumidos a la letra, produciendo un proceso absolutamente racional y nada lógico, es decir, sin tomar en cuenta las relaciones existentes entre los elementos de la traducción. En cambio, la transducción no puede ser más que lógica, toda la operación consiste en la red potencial y afectiva que posibilita el pasaje nuevo medio.
¿Podremos tender hacia una clínica lógica en oposición a una clínica racional? ¿Qué sería una racionalidad de la clínica? Supongo que la racionalidad de la clínica es tomarla como un dado a priori, sería centrar el encuentro clínico en determinadas directrices que preceden al mismo, sean ellas las estructuras edípicas, los hábitos comportamentales o las epistemes de lo sin fundamento. Cualquier orientador que se instale en el encuentro como orientador prioritario y sea precedente a él, establecerá una racionalidad del mismo, que desconocerá las lógicas de composición. Sin embargo estas lógicas de composición no pueden negar las cosas con las que hacemos cuerpo, solo que esas cosas son otros elementos de composición del plano del encuentro clínico: transducción.
Podemos pensar así el encuentro clínico como transductivo, sin imponer la transducción a los quienes que co-habiten el espacio como algo que deberían vivir. Para que lo transductivo nos habite lo primero es no priorizarlo, sino vivirlo como tal, soltar la voluntad de imponer todo lo que creemos que está bien y componer aquello que sentimos con los afectos del encuentro. Habilitar la memoria sacudiéndose la historia, poner el cuerpo descomponiendo el rostro, romper con el Otro degradando al yo… Ya no hay manera de interpretar, porque el concepto tiene sentido en una estructura disuelta a través de la transducción. Hay un intercambio constante entre actual y virtual, entre opaco y límpido, aquello que no se veía se ve, aquello que era claro se difumina.
Si ya no tengo que mantener mi lugar, mi persona, mi estatus, mi título, mi saber, la racionalidad se derrumba, puedo decir-hacer algo allí y puede prender o no, entregándose a una lógica del encuentro más experimentada que racionalizada. De allí los saltos y la discontinuidad de tomar el plano de un encuentro (virtual-actual) y saltar hacia otro plano con otros actuales-virtuales. Interpretar aun desde su sentido más abstracto de no-interpretar, ya perdió todo espacio, todo lugar, responde a otras lógicas, a otro mundo, a otras consistencias.
Finalmente. Quizás no deba ser tan radical y sí radicalizarme definitivamente. No ser tan radical en el sentido de no dicotomizar el par traducción-transducción. Y para esto no tengo más remedio que radicalizarme hasta el fin, diciendo que quizás podamos pensar la traducción como un modo de la transducción (un modo restringido a la representación). Entonces habría que decir que quizás la representación es un modo de la producción (un modo restringido a lo semejante). Y que lo semejante sea quizás un modo de la diferencia (el modo menos potente). Así la diferencia es la mínima expresión. Y volvemos a Deleuze: si hay repetición, es de la diferencia.
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