Traducciones - 1ra parte
(Basado en La traducción transductiva de Néstor Perlongher)
La traducción como el pasaje de un idioma a otro. Parece haber un contenido que transportar o comunicar y el lenguaje es el transporte, nada más. Así pensamos comúnmente la traducción.
¿Hay entonces una traducción de qué contenido? ¿Cuál es el contenido a transportar? ¿Un sentido? Si fuera un sentido por fuera de la letra no existiría la literatura, solo el modo más eficaz de de decir algo, un lenguaje insulso, práctico, directo, unívoco. Según Spinoza (el de Deleuze) no hay univocidad del lenguaje, decir lenguaje es decir equivocidad. De cualquier manera buscar el transporte del sentido nos largaría a esa búsqueda del lenguaje más cercano a lo unívoco. ¿No es acaso este el fin del lenguaje académico? El transporte más eficaz de un mismo contenido. Porque en el fondo de todo esto se encuentra “lo mismo”. ¿Qué es “lo mismo”? Quizás el sentido puro, ese sentido sentido y no deletreable. De alguna manera quienes piensan en el transporte de un contenido no pueden salirse de aquella premisa platónica (o católica) del sentido puro, ideal, ese que nos compone pero que no podemos exteriorizar más que como copia imperfecta intermediada por el lenguaje.
¿Cómo salvar esta situación? (Porque hay que salvar el sentido puro (léase ironía por favor)). Ir en busca del sentido como si fuera un contenido más allá de la letra nos pone en la paradoja de no pensar que el escritor encontró a través de aquellas palabras la mejor manera de comunicar su sentido. Tratándose de esto, podríamos ir en la búsqueda de una literatura que exprese aquel sentido, pero ¿por qué supondríamos que podemos negar aquellas palabras creyendo que nosotros podemos encontrar mejores para expresar un sentido que no es propio, sino que es de quién lo expresa originalmente? A eso se le llama “mala traducción”. Hay quien dice que la última página del Ulises de Joyce traducido por Borges es más de Borges que de Joyce, y es considerada unánimemente como una mala traducción (me niego a hablar de algo malo referido a la escritura tratándose de Borges, por incapacidad pero sobre todo por elección de vida evitaría a toda costa ser un policía de las letras).
Benjamin se posiciona en este hiperplatonismo. ¿Por qué hiper? Porque el sentido y su distorsión en el lenguaje ya no se refleja en las sombras de la caverna de una afuera aprehensible, sino en un propio mundo de Ideas, ya completamente inalcanzable. Ya no hay nada que nos desaliene, nada que nos libere, el mundo de las Ideas no es la luna ni Marte, es realmente un inalcanzable. ¿Entonces? Berman (comentador de Benjamin) es claro (como no podía ser de otra manera): la traducción debe ser traducción de la letra. Buscar la univocidad del lenguaje ya no en el sentido, sino en la misma letra. Letra a letra. Palabra a palabra. Uno a uno. Solo así podremos aprehender algo del sentido original sin saberlo. Esto salva al traductor de ser un superdotado que debe aprehender lo más posible el sentido del original para transportarlo. Lo convierte en una especie de “medium”, que en un claro procedimiento puede expresar algo del sentido original aún sin saber cuál es este.
Llevando esto a una traducción de medios (escultura-poesía-danza-pintura-…) comprendemos que cada medio (lenguaje) contiene sus propios elementos de enunciación y que en algunas ocasiones son análogos a los elementos de otros medios. El letra a letra, sería aquí elemento a elemento, más difícil, pero no imposible. Pienso en el Laocoonte poesía y el Laocoonte escultura.
También pienso en la accesibilidad de las pinturas del Museo de Arte del Parque Rodó y esa extraña idea de replicar los cuadros en 3D para ciegos (como si los elementos de la pintura fueran las formas que expresa).
Pero sobre todo pienso en la clínica.
En el encuentro clínico, en las singularidades que el espacio clínico produce. ¿Podremos llamarle a esta traducción interpretación? Claro que no hay una única interpretación, ni siquiera en una misma rama de la clínica, como el psicoanálisis. Sin embargo hay algo que todas comparten, la interpretación es tal porque detrás de toda enunciación hay un sentido que esta enunciación busca expresar. De allí en adelante todas las vueltas vividas para la traducción literaria pueden ser pensadas para la interpretación: interpretación de la palabra, interpretación del sentido, interpretación ideal (sin palabras). No hay un movimiento en esta concepción, la interpretación no se escapa al precepto platónico del sentido puro. Puede pensarse más explícito o literal (el sujeto sabe lo que dice), puede pensarse más puro e inconsciente (el sentido está por detrás de lo que se dice). Finalmente, siempre iremos tras un sentido que de una manera u otra es expresado por el sujeto. Siempre iremos tras la verdad, tras el fundamento.
Hay algo que no cierra aquí. Algo que debe ser pensado de otro modo. Todo lo anterior podría ser válido si afirmamos la primera frase de este escrito. El lenguaje como un medio de transporte de un contenido, eminentemente comunicativo… Pero… ¿y si el lenguaje fuera otra cosa?… ¿si no pudiéramos disociar expresión de contenido (materia)? ¿Si el pensamiento fuera otra cosa que representación de realidad y el lenguaje fuera otra cosa que representación de pensamiento? ¿Si la representación fuera un caso particular (el más pobre) de un pensamiento que no deja de producir mundos? Quizás otra traducción surja de otros modos del pensamiento.
La traducción como el pasaje de un idioma a otro. Parece haber un contenido que transportar o comunicar y el lenguaje es el transporte, nada más. Así pensamos comúnmente la traducción.
¿Hay entonces una traducción de qué contenido? ¿Cuál es el contenido a transportar? ¿Un sentido? Si fuera un sentido por fuera de la letra no existiría la literatura, solo el modo más eficaz de de decir algo, un lenguaje insulso, práctico, directo, unívoco. Según Spinoza (el de Deleuze) no hay univocidad del lenguaje, decir lenguaje es decir equivocidad. De cualquier manera buscar el transporte del sentido nos largaría a esa búsqueda del lenguaje más cercano a lo unívoco. ¿No es acaso este el fin del lenguaje académico? El transporte más eficaz de un mismo contenido. Porque en el fondo de todo esto se encuentra “lo mismo”. ¿Qué es “lo mismo”? Quizás el sentido puro, ese sentido sentido y no deletreable. De alguna manera quienes piensan en el transporte de un contenido no pueden salirse de aquella premisa platónica (o católica) del sentido puro, ideal, ese que nos compone pero que no podemos exteriorizar más que como copia imperfecta intermediada por el lenguaje.
¿Cómo salvar esta situación? (Porque hay que salvar el sentido puro (léase ironía por favor)). Ir en busca del sentido como si fuera un contenido más allá de la letra nos pone en la paradoja de no pensar que el escritor encontró a través de aquellas palabras la mejor manera de comunicar su sentido. Tratándose de esto, podríamos ir en la búsqueda de una literatura que exprese aquel sentido, pero ¿por qué supondríamos que podemos negar aquellas palabras creyendo que nosotros podemos encontrar mejores para expresar un sentido que no es propio, sino que es de quién lo expresa originalmente? A eso se le llama “mala traducción”. Hay quien dice que la última página del Ulises de Joyce traducido por Borges es más de Borges que de Joyce, y es considerada unánimemente como una mala traducción (me niego a hablar de algo malo referido a la escritura tratándose de Borges, por incapacidad pero sobre todo por elección de vida evitaría a toda costa ser un policía de las letras).
Benjamin se posiciona en este hiperplatonismo. ¿Por qué hiper? Porque el sentido y su distorsión en el lenguaje ya no se refleja en las sombras de la caverna de una afuera aprehensible, sino en un propio mundo de Ideas, ya completamente inalcanzable. Ya no hay nada que nos desaliene, nada que nos libere, el mundo de las Ideas no es la luna ni Marte, es realmente un inalcanzable. ¿Entonces? Berman (comentador de Benjamin) es claro (como no podía ser de otra manera): la traducción debe ser traducción de la letra. Buscar la univocidad del lenguaje ya no en el sentido, sino en la misma letra. Letra a letra. Palabra a palabra. Uno a uno. Solo así podremos aprehender algo del sentido original sin saberlo. Esto salva al traductor de ser un superdotado que debe aprehender lo más posible el sentido del original para transportarlo. Lo convierte en una especie de “medium”, que en un claro procedimiento puede expresar algo del sentido original aún sin saber cuál es este.
Llevando esto a una traducción de medios (escultura-poesía-danza-pintura-…) comprendemos que cada medio (lenguaje) contiene sus propios elementos de enunciación y que en algunas ocasiones son análogos a los elementos de otros medios. El letra a letra, sería aquí elemento a elemento, más difícil, pero no imposible. Pienso en el Laocoonte poesía y el Laocoonte escultura.
También pienso en la accesibilidad de las pinturas del Museo de Arte del Parque Rodó y esa extraña idea de replicar los cuadros en 3D para ciegos (como si los elementos de la pintura fueran las formas que expresa).
Pero sobre todo pienso en la clínica.
En el encuentro clínico, en las singularidades que el espacio clínico produce. ¿Podremos llamarle a esta traducción interpretación? Claro que no hay una única interpretación, ni siquiera en una misma rama de la clínica, como el psicoanálisis. Sin embargo hay algo que todas comparten, la interpretación es tal porque detrás de toda enunciación hay un sentido que esta enunciación busca expresar. De allí en adelante todas las vueltas vividas para la traducción literaria pueden ser pensadas para la interpretación: interpretación de la palabra, interpretación del sentido, interpretación ideal (sin palabras). No hay un movimiento en esta concepción, la interpretación no se escapa al precepto platónico del sentido puro. Puede pensarse más explícito o literal (el sujeto sabe lo que dice), puede pensarse más puro e inconsciente (el sentido está por detrás de lo que se dice). Finalmente, siempre iremos tras un sentido que de una manera u otra es expresado por el sujeto. Siempre iremos tras la verdad, tras el fundamento.
Hay algo que no cierra aquí. Algo que debe ser pensado de otro modo. Todo lo anterior podría ser válido si afirmamos la primera frase de este escrito. El lenguaje como un medio de transporte de un contenido, eminentemente comunicativo… Pero… ¿y si el lenguaje fuera otra cosa?… ¿si no pudiéramos disociar expresión de contenido (materia)? ¿Si el pensamiento fuera otra cosa que representación de realidad y el lenguaje fuera otra cosa que representación de pensamiento? ¿Si la representación fuera un caso particular (el más pobre) de un pensamiento que no deja de producir mundos? Quizás otra traducción surja de otros modos del pensamiento.
[…] (Continuación del post Traducciones – 1ra parte) […]
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