Lo grabado en una superficie (o sobre los cuerpos que no aguantan más)
"Es que algunos cuerpos no aguantan más esos lugares demarcadores de lenguajes, enunciados forzados enterrando palabras de orden estacado, lugares que estrían sobre el cuerpo esteticismos éticos, reducen sus fuerzas, alienan sus posibles, encastran, golpean el centro de la herida y distribuyen pasto comprado para comer. Hay cuerpos hambrientos de las arenas del desierto, hay cuerpos brillantes, granos indiscernibles, que, dentro de esta ética, tampoco quieren saber nada de eso, más bien porque no se encuentran atados a nadie."
Clarissa Alcantara. Corpoalingua
(A partir de la obra Lo grabado en una superficie de Vera Garat- Tamara Gómez- Natalia Viroga)
El "sobre" me eriza. "Sobre los cuerpos que no aguantan más". ¿Qué cuerpos no aguantan más? El cuerpo no aguanta más, en general. Y esa es la sensación con la que ingresé a ver Lo grabado en una superficie. Un cuerpo que corre, que no llega, que cambia las tonalidades y los modos, las posiciones entre la clínica aberrante que nos sumerge en mundos sensibles antes los cuales sentimos desfallecer y revivir; las clases de japonés que nos descubre conversaciones honoríficas, respetos excesivos, vocabularios extensos y respetuosas ternuras; las covisiones clínicas que nos cuestionan, expone prejuicios, rechazos y amores no bien vistos por la rigidez disciplinar. Y en medio de todo eso un cuerpo que no aguanta más, que corre, que llega tarde, que entra en un espacio en absoluta oscuridad, que transpira, se coloca parado donde puede, dispuesto a no sabe qué, solo una recomendación, se saca el buzo, deja la cartera en el piso y parece, solo parece, tener un tiempo para unificar todas las vibraciones locas producidas durante todo el día... algo comienza, por el medio, como siempre...
Sé que es fuerte y que en cierta manera es una exposición, pero vale corresponder como espectador. El punto luminoso para mí fue cuando sentí-pensé: "esos cuerpos no están ahí para mí". Esos cuerpos abiertos, desnudos, plegados, agujereados eran todo ellos y estaban ahí haciendo lo que esos cuerpos tenían que hacer. Lo que hace un cuerpo. Lo que puede un cuerpo. ¿Cómo llegar a esa obviedad? Era lo que para mí no era tan obvio. Porque lo que no era obvio es cómo llegaba a naturalizar en primera instancia la idea de que un cuerpo, si está desnudo, si está entregado al espacio, si está en la plena extimidad, entonces es para mí.
El fetichista no es el que le gustan los zapatos de tacón fino. El fetichista es aquel que no puede dejar de objetivar, cosificar, aquello sobre lo cual se vuelca el placer. Lo que el psicoanálisis llamaría deseo. Pero, al mismo tiempo que el psicoanálisis va configurando su noción de fetiche, define también al deseo como deseo de falo, lo que falta. El deseo (obviamente no deleuziano) se vuelca sobre aquello que tenemos vedado, a lo que no tenemos acceso. Y aquello cobra individualidad cosificada, fragmentando el cuerpo en cachos de cuerpo. Una mujer sería en principio quien tiene un velo detrás del cual buscaremos tetas y concha, como si pudiéramos desencastrar estas partes del cuerpo o como si fueran partes extraordinarias de él.
Y como lo vedado es vedado para mí, cuando es develado es develado para mí. Lo que se devela para mí no es un cuerpo, pues el cuerpo como tal no es concebido desde lo velado, ya que desde ese lugar lo que tenemos es un cuerpo fragmentado. Así que lo que se devela es aquello que estaba velado: el culo, la concha, las tetas. Así que cuando eso se devela, necesariamente es para mí y tal sexualidad no puede más que ser fetichista, cosificada y al mismo tiempo apropiada (de apropiación)... Pfff... Mierda! ¿Se lee feo todo esto? Imagínense para mí, que pienso estas cuestiones desde la pura identificación.
Cuando los cuerpos ingresan a escena, absolutamente desnudos (a excepción de los championes), frenéticos, con toda esa tensión semi-contenida, dando vueltas alrededor del público, incomodando, chocando, transpirando, cuando ingresan en el escenario, surge una atención y una tensión voyeurista: ¿cuánto más es posible ver? ¿Se ve la concha, un poco, nada? En principio no noto esta disposición en mí, simplemente miro una obra de danza, como si la mirada tuviera varias capas y una de ellas se dedicara a develar lo velado sin conciencia clara de eso. No hay mucho más mientras la acción de develado corra por mi cuenta, es lo que disocia momentáneamente la intención fetichista de develar lo velado de la apropiación de la cosa (digo momentáneamente porque sabemos de la absurda convicción de muchos hombres de que si lograron develar algo entonces les pertenece, estoy casi convencido que piensan que les pertenece a priori y lo único que necesitan es una excusa, aunque sea muy mala excusa). Pero cuando la acción de develar corre por cuenta de la propia mujer, como en el caso de las bailarinas, algo diferente sucede. En mi caso, una sorpresa, una especie de violencia a la racionalidad, una sensación de "¡me cagaron! no estaba en mi lógica que develaran absolutamente lo velado". Claro, no en mí lógica, pero sí era lógico en lo que venía sucediendo y después, mucho después, pude pensarlo. (No puedo afirmar la verdad de la obra, no la sé, tampoco sé si la hay. Solo producir un sentido lógico, no racional, que se va armando en la misma medida de la búsqueda de comprender).
La contención, la tensión, los choques, el desplazamiento frenético dando paso a la detención, al afecto puro, a la vibración loca, al goce masturbatorio, a las expresiones no rostrificadas, a la incomodidad erótica de un público demasiado cercano a lo velado, que da paso a la apertura, al alivio, a la danza, a lo develado, a lo que un cuerpo hace porque puede, sin importar ya nada, porque ya no hay nada que esconder, ya no existe esa acción secundaria (pero primaria por intencional) de seguir velando lo velado. Hay allí una lógica propia, irracional, que toma toda la potencia de una escena y no deja que nada la disminuya, ninguna preocupación secundaria, sino que la intensifica llevándola al máximo de los no-posibles. Pues solo los cuerpos que no aguantan más estriarse entre lo que se puede develar y lo que hay que vedar rompen con lo posible de un mundo racional y lleva a los cuerpos a aquello que era un no-posible, y que ahora seguramente se puede encasillar en la mirada reflexiva de un moralista lógico como "eso está fuera de lugar, no tiene ninguna lógica, es inconsistente...", como si la consistencia se tratara de conservar el lugar apropiado (increiblemente también de apropiación).
Y en otra dimensión mi mirada, que ante la violencia de conservar la lógica y descartar la racionalidad, se encuentra que por un rato no entiende nada, hasta que deja de entender cómo ya no tengo que develar nada, cómo ya no tengo que buscar el pedacito de concha posible (como intentando confirmar que está allí, ¡claro que lo está! dirán algunos), y se sumerge en la simple tarea de disfrutar de cuerpos que hacen lo que tienen que hacer, cuerpos completos, ni castrados ni fragmentados, cuerpos singulares, potentes, que habitan intensamente toda su superficie y que nada de todo eso sucede para mí. Ya no hay fetiche, ya no hay apropiación, devienen singularidades componiendo singularidades, desonancias, frecuencias virtuales cuasi-actuales, que nos abordan a todos (me gustaría creerlo así) en una incomodidad no resoluble inmediatamente.
En definitiva, aquello de "es mejor insinuar que mostrar" no solamente es una boludez, sino que construye un modo, el modo del deseo de lo que falta, el modo de lo que falta como lo velado, el modo de lo velado como lo cosificado, el modo de lo cosificado como el otro, el modo del otro como lo fragmentado. Indisociando de esta manera la relación de la cosificación. Solo cuando no hubo nada que buscar, solo cuando lo velado dejó de estarlo, pude sentir que los cuerpos no están para mí y solo ahí sentí, casi como en un destello, que entré en relación (lo simbólico había caído).
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