Lo clínico y un danzar contemporáneo

De alguna manera hay dos líneas paralelas que se conectan por lo que sucede entre ellas. Lo que sucede entre ellas es el cuerpo. ¿Un cuerpo en el vacío entre dos paralelas? No habrá más vacío que aquel que posibilite que algo nuevo suceda: el cuerpo.

Lo clínico. Me propuse investigar lo clínico como aquello que acontece y dispone nuevos modos. Bajar la Psicología de su cielo cósmico, de sus leyes universales y abstractas y ponerla a jugar en la misma práctica que alguna vez llamamos psicológica. Psiquè ya no es el foco porque su fugacidad, al escaparse del cuerpo moribundo, no comprende nada de la vida, que compone materialidades, encuentros, choques, afectos y gravedades. Quizás el concepto más precioso que conserve hoy la psicología sea el de lo clínico, aquella irrupción discontinua que nos produce en otros modos de vida. Así la antigua práctica psicológica ladea su andar y se vuelca hacia un cuerpo-pensamiento que se aboque a disponernos en afectos de alegría. Desplegando toda la heterogeneidad que la compone en un solo plano, un plano que no deje nada por encima que comande, ni por debajo que explique.

La danza. Algo más lejos y más cerca al mismo tiempo, me encuentra totalmente en este plano. Abolió los mandatos y las lógicas del movimiento bello, para preguntarse por el cuerpo, por su masa, por sus movimientos y sus impulsos, por el deseo y también por la gravedad, por Newton, por la termodinámica y Bergson, y por el afecto y la temperatura de los cuerpos en contacto, por las distancias posibles y las posibilidades más allá de la anatomía, por el aprendizaje y el desaprendizaje, por las imágenes, las lenguas, las escrituras y las oralidades. Un danzar contemporáneo, por hablar de algún modo, pone todo sobre un mismo plano y desde allí produce un algo que ya no se encuentra en el orden del movimiento, sino de aquello que solo se sabe posible porque allí está, sucediendo, funcionando, habilitando estos nuevos modos que caracterizan lo clínico.

Y en esta investigación -que no puede tratarse más que de la misma vida- aparece la distinción que Didi-Huberman propone para las imágenes: poder o potencia. No siendo antagonistas, se comprenden diferentes, y en esa diferencia producen diferentes prácticas. Prácticas de poder que establezcan el saber (aun el saber-hacer tan de moda), las leyes del encuentro, modelización de los lugares y los roles, especificaciones y especializaciones de la clínica, ese trascendente tan tentador, exclusivo y masónico, y que tan lejos se encuentra de lo clínico. Lo clínico como pura potencia productora (disculpen, la potencia no puede ser más que productora) desde los encuentros que la componen. Lo clínico es encuentro y sólo encuentro, pero ese sólo es algo que es mucho más que lo que uno imagina como sólo eso. Es todo lo que se pueda poner sobre el plano donde ese encuentro suceda, y como nada explica ni comanda aquello que suceda en el encuentro, los atravesamientos se exponen en la superficie como puras potencias. La potencia como aquello que puede un cuerpo, dos cuerpos, un encuentro. ¡Nadie sabe qué es lo que puede un encuentro! Ya no el poder exigiendo a los cuerpos lo que deben, sino la potencia aumentando en ellos lo que pueden.

Un danzar contemporáneo alude a la potencia en la insistencia y en las posibilidades de los cuerpos, en los despliegues del espacio (no en el espacio) y ya no quiere saber del poder aunque el poder se reclame y se luche por la esclavitud como si se tratara de la libertad. En este danzar todo cuerpo es potencia y todo entre los cuerpos también lo es, la potencia del espacio posible para que el desvío, clinamen, tenga su lugar. Y desde allí las composiciones y descomposiciones se suceden, ya no en particularidades sino en molecularidades, constituyendo y des-constituyendo los vacíos y los llenos, las atomizaciones discontinuas y los flujos discontinuos. Un danzar sabe que nunca estando solo, la soledad puede tener su lugar para encontrar finalmente algo que decir, aquello que ni siquiera se buscaba. Y sabe también que aún en la distancia de nuestro cuerpo individualizado por las fronteras de la epidermis, todos los otros están en nosotros desde lo incapturable, desde un común irrepresentable. Un danzar y lo clínico sólo es pensable desde allí.

Entonces, nada es particular, nada es privativo, “este no es tu espacio”, lo hacemos juntos. Y lo hacemos al mismo tiempo que hacemos un mundo que nos encuentra aquí, danzando entre nosotros y con todo lo demás. Danzar es una poética y lo clínico no sucede más que poéticamente, porque ya sin necesidad de los vacíos de Lucrecio, encontramos que es la poesía aquello que sucede en el entre y no hay nosotros que no suceda allí. Y solo este nosotros que se constituye en el entre, en la poesía del entre, en lo común, es el que es capaz que producir otro mundo no posible.

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