Cuerpo-potencia

exercisi19 (5)

Se expande. El cuerpo se expande y es mucho más que lo que contiene las fronteras de la piel o la psiquis de un sujeto subjetivado. Nos deshacemos de las partículas, del mundo particular que construimos y logramos percibir otro mundo, otro universo. Si funcionamos como mónadas, quizás sea la hora de comprender que no tenemos por qué encarnarlas y podamos experimentar otros funcionamientos. Un universo de energías, de ondas de frecuencias diversas que por momentos resuenan y por momentos chocan, se anulan o componen en otras ondas, otras frecuencias. Produciendo sustancias de distintos atributos, densidades, composiciones, velocidades. Una danza infinita y continua aun en su detención.

Si Lucrecio establecía el vacío entre partículas era para que la sustancia pudiera existir y mutar, no para establecernos en esa soledad absoluta en la que terminamos viviendo. El vacío en Lucrecio podrían ser aquellas vacuolas de soledad deleuzianas donde encontraríamos finalmente algo que decir-hacer. Después los estudios lucrecianos llevaban a un movimiento sustancial, el de las turbulencias, el de los tornados. Quizás la primera sociología molecular. ¿Y no fue Tarde el que dotó de puertas y ventanas aquellas mónadas ciegas?

Algo más sucede en nosotros y no es que soy solo, ser-ahí. Algo más sucede entre nosotros y no es el aire que nos separa. En mí, en nosotros, la sustancia modalizándose, la sustancia como modo, la misma sustancia que ocupa el entre, con otras densidades, con otras velocidades, vectores del movimiento y de la consistencia. Transistencia le llamaba Guattari a aquella consistencia intuitiva, racional-relacional y no racional-racional. Entre nosotros justamente el entre, y ya no hay vos y yo, a veces un nosotros, pero siendo entre sin objetos ni sujetos en sus extremos. Nos constituimos entre cuando vos y yo ya no importamos por fuera de ese entre, pues ya no hay fuera. En el entre que se produce como modo de la sustancia vos y yo estamos contenidos, entonces el entre es más. Más todo, no importante, sino Todo abierto, aquello que expresa las armonías del Universo, una poética molecular no particular que con vidas y muertes hace del lugar el lugar y del tiempo el tiempo.

Entonces, el cuerpo. ¿Qué cuerpo? El cuerpo-materia-piel-adentro, también el cuerpo-pensamiento, también el cuerpo-resonancia-interna, también el cuerpo-desfasado, cuerpo-desonancia, cuerpo-medio. El cuerpo como aquello indisociable del medio, porque son los potenciales del medio los que conectan y definen tal cuerpo. El cuerpo como cuerpo-entre, cuerpo-potencia. Potencia actual, distinta a la potencia en potencia. Todo es potencia, nada es en potencia. Simondon nos habla de los potenciales preindividuales: potenciales-energéticos-materiales que no actualizaron como cuerpo en el proceso de individuación actual, pero están allí para disponer nuevas individuaciones, donde ocuparán otros lugares, otras funciones. Si hay individuo es porque en cierta forma es funcional a un espacio-tiempo producido junto con tal individuación. El individuo ni siquiera es función, sino funcional a la realidad que produce la operación de individuación. Aquí el cuerpo como relación, un cuerpo-relacional que al mismo tiempo que se individúa se expande en ondas vibracionales al mundo circundante. Así la individuación que Simondon llama psicológica, solo se resuelve en lo colectivo, en la individuación colectiva.

Ya no la clínica del Otro, del infinitamente Otro. Ya no la clínica resignada del aislamiento absoluto, de lo real inaccesible, de la construcción simbólica necesaria. Lo real es esto, no es simbólico, no lo resolvemos solos aunque precisemos las vacuolas de soledad. Que no sean más que eso: vacuolas.

Tus palabras son reales, me alegran y me duelen; tus manos son reales, tus movimientos y caricias, las tensiones; el afecto es real, la sensación no es un engaño del cerebro, pega en el pecho y eriza la piel; aquello que me tira hacia vos y vos y vos y vos… es real, absolutamente real. Es lo que hay, es lo único que hay. Construimos dioses, matamos dioses. Construimos sociedades, destruimos sociedades. Construimos proyectos, saboteamos proyectos. Construimos teorías y queremos cubrir todo, todo lo que tenemos, con ese velo casi transparente de lo simbólico, del sentido, de la ilusión; cuando lo real está aquí, en nosotros, con nosotros, entre nosotros, golpeando cada vez más duro ante nuestra ignorancia cada vez más grande.

Y una clínica posible: una clínica de lo real. Sin interpretaciones, sin lecturas enrevesadas, sin simbolismos de libro, sin especialistas clínicos. Una clínica del encuentro que nos ponga en un lugar sin distancias mayores que la de los propios cuerpos-piel, y en lo posible menores que ésta. Una clínica que me encuentre desnudo frente al otro, para que deje de ser otro, para que yo deje de ser otro, para que el yo ya no importe. Una clínica que comience sabiendo que yo me construí como Yo y que el otro se construyó como Otro, que no lo niegue, pero que no se resigne y busque quebrar esas fronteras más individualizadas que individuantes. Una clínica que comprenda que no estamos para el otro, que este no es su espacio; que estamos para experimentar el producirnos de otros modos, que estamos para el mundo que somos, que pienso contigo y no sobre vos, que es el espacio esto que producimos y que este, nuestro espacio, puede ser otro, puede ser otro. La clínica y lo clínico. Lo clínico como política de los cuerpos nunca solos, pero ahora solos, de los cuerpos ahora solos, pero que aún solos solo se resuelven en lo colectivo, en los potenciales preindividuales que buscan actualizarse para producir esos otros modos. Otro clinamen.

Quedan los cuerpos.

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