Metáfora e imagen en Deleuze

Cuando estamos a punto de afirmar que un pensador de la rigurosidad de Deleuze está cayendo en una contradicción demasiado evidente, es cuando debemos detenernos y abrir bien los ojos, las orejas y el cuerpo entero para volvernos más sensibles a las sutilezas de la escrita. Seguramente allí se esté jugando algo que a simple vista sea mínimo, pero que es esencial y decisivo a la hora de entender la propuesta de este pensador. Y que cuando menos lo pensamos, la disolución de esa contradicción, nos abrirá las puertas a nuevas formas de comprender los mundos circundantes que habitamos.

Esto ocurre de hecho, y no con poca frecuencia, con Gilles Deleuze y una aclaración que realiza constantemente a lo largo de todas sus obras y clases impartidas. Deleuze insiste en que nunca se trata de metáforas y al mismo tiempo llena sus escritos de imágenes. Por ejemplo, cuando habla de máquina de guerra y lo asimila al juego Go, y el aparato de captura estatal lo asimila al juego de ajedrez. Meschonnic es uno de los críticos de Deleuze en este sentido. Con Meschonnic no es la primera vez que hay una crítica o una denuncia de contradicción a esta estrategia de escritura de Deleuze y seguramente no será la última, porque lo que sucede en estos casos, es que los críticos no alcanzan a comprender el plano de inmanencia que Deleuze propone y las dimensiones que habitan ese plano. Es tan sutil pero tan importante la diferencia entre metáfora y algo que llamaremos analogía que es muy fácil que se nos pierda, y al mismo tiempo el que se lo pierde ya no comprende nada porque se perdió un elemento básico para comprender la propuesta.

La imagen

Creo que una clave puede estar en el concepto de imagen que Deleuze plantea y que trabaja sobre todo en los libros sobre cine (Estudios sobre cine 1 y 2).

Allí el autor toma el capítulo 1 de Materia y memoria de Bergson, donde dice que el universo está constituido por imágenes que accionan unas sobre otras en todas sus caras y sobre todos sus lados. Esta idea de Bergson a Deleuze le viene muy bien. ¿Por qué? Porque Bergson está planteando una idea muy rara de la imagen, al decir que todo es imagen. Si todo es imagen… ¿qué no lo es? No hay nada para Bergson que no sea imagen: mi dedo, el mate, el viento, el volar de un pájaro, una sirena de bomberos, el aroma de una torta de chocolate, etc.

Las imágenes actúan unas sobre otras produciendo otras imágenes. Entonces, no hay una imagen que por sí misma produzca otra imagen. Por ejemplo, el cerebro (que es una imagen) por sí mismo no produce otras imágenes (los pensamientos). Una imagen se produce como composición de otras imágenes. De otra manera, solo un encuentro de dos o más imágenes puede producir una imagen. Podríamos decir que la imagen es encuentro, acción, movimiento. Esto le lleva a Deleuze a decir que las imágenes no tienen movimiento, sino que las imágenes “son” movimiento. Y de ahí su concepto: imagen-movimiento. Esto es importante, es una diferencia muy importante, porque es lo que hace a la imagen de Deleuze algo tan diferente a lo que comprendemos normalmente.

(Tengo que decir que esto es solo la mitad del cuento, porque la otra mitad es que la imagen también es tiempo. Es decir, no imagen “en el” tiempo, sino imagen-tiempo. Pero quedará para otra oportunidad)

Como vemos entonces, cuando Deleuze nos habla de imágenes, o nos presenta imágenes, nos está presentando algo muy diferente a lo que podríamos concebir como imagen. Nosotros, el sentido común, concebimos las imágenes como formas estáticas o como mucho “en” movimiento: una foto, una pintura, una secuencia de un film, etc. Pero al hablar de imagen-movimiento, lo que se dice es que la imagen es en sí misma relación, es la relación de dos imágenes que son a las vez relación de otras imágenes y así al infinito. Este es el plano de inmanencia, un plano de relaciones, de movimientos. Y a la vez, las imágenes no son cosas, sino relaciones.

Brevemente, esta es en parte la gran búsqueda de la física de todas las épocas. Desde Lucrecio y Demócrito, cuando definieron el átomo como la realidad última del universo, imperceptible e indivisible (obviamente que no es el átomo actual), hasta la teoría de cuerdas, siempre se percibió la materia como una composición de otra materia y la búsqueda es la materia primordial que componía a todas las siguientes. Es más, la cuerda de la teoría actual es un elemento que se considera energía y materia al mismo tiempo, por eso se lo piensa como una cuerda (materia) que al vibrar produce una resonancia con las otras cuerdas (energía). O sea que el elemento último de la física, hoy, es un elemento relacional en sí mismo. Lo que sucede con la física, igualmente, es que no puede concebir lo relacional en sí mismo, y no deja de pensar a la cuerda como la materia última. Esto hace que en algún momento se pongan a buscar de qué está constituida la cuerda. Pero bueno, es el procedimiento de la física, su modo de producir cada vez un nuevo conocimiento. En el área de la filosofía, la búsqueda es otra.

Un plano de relaciones

¿Por qué es tan importante definir un plano de relaciones? ¿Para qué esa reconceptualización de la imagen? ¿Para qué complicarnos tanto? Así como veíamos que la física no puede obviar las relaciones más allá de que su perspectiva es materialista, nosotros sí podemos pensar en las relaciones como constituyentes de la materialidad o la materialidad y lo relacional como constituciones mutuas, que uno no resulte necesariamente causa del otro. En todo caso, lo que tenemos claro es que sabemos muy poco de las relaciones, porque las relaciones siempre fueron un medio para conocer la materia. Y bajo la lectura que Deleuze hace de Bergson la relación es lo que hay: imágenes que actúan unas sobre otras en todos sus lados y sobre todas sus caras. Y la “cosa”, el “objeto”, es una resultante de las relaciones.

Conocer el “objeto” es conocer una resultante, pero jamás su modo de composición. Es decir, bajo esta mirada, jamás sabremos el funcionamiento, el modo de composición, si nos paramos en la resultante, porque lo que seguramente nos perdemos son relaciones que aportaron a la conformación de esta resultante, pero que quedaron por fuera de su materialidad. Ejemplo físico, que es acotado, pero puede dar una idea: el proceso de constitución de un pollito desde la indiferenciación clara-yema en el huevo, implica la actuación de potenciales energéticos vectorizados que confluyen en la conformación de los órganos pero por lo cual parte de esos potenciales quedan por fuera de la materialidad "pollito", en forma de calor o de materia excedente. La morfogénesis embrionaria se ha encontrado con la dificultad de la discontinuidad, que obedece justamente a esta característica de potenciales que finalmente no se actualizan en el individuado. En referencia a esto, los estudios matemáticos de René Thom sobre las discontinuidades en matemática le ha dado una nueva perspectiva a estos estudios. En definitiva, pararse en la forma acabada para comprender su producción, produce que justamente jamás la comprendamos.

En otro momento, y otra vez bajo la lectura de Deleuze, Spinoza plantea que el individuo se puede presentar en tres planos. 1) el plano cosa, el individuo como conformado por partes. 2) el plano relacional, un individuo que es composición de relaciones. En este caso las relaciones desbordarían el plano "cosa constituida". 3) el plano esencia inmanente, un individuo que se define por la relación última con la sustancia (Dios o la Naturaleza). ¡Veamos qué cercanía tiene esto con el planteo que venimos realizando! No es casual, ¡sigue siendo Deleuze! Y él nos dice que estos tres planos corresponden a los tres géneros del conocimiento. 1er género: conocimiento por partes, por cosa. Conocimiento inadecuado. 2do género: conocimiento de las relaciones de constitución. Conocimiento adecuado. 3er género: conocimiento de la esencia inmanente. Conocimiento necesariamente adecuado. Deleuze nos dice que raramente llegamos a un conocimiento del tercer género, pero que el segundo género del conocimiento es un modo de ver el mundo, es apostar a la composición relacional, conocer las relaciones de constitución y eso incluye las relaciones que nos constituyen. Pensando en la cartografía como modo de investigación, modo clínico, etc., pienso que es esto lo que buscamos por medio de ella: conocer las relaciones que conforman y desbordan la vivencia. Por esto la cartografía desborda el registro empírico, y por eso es una apuesta tan importante en un terreno como la psicología donde lo empírico es su fundación y fundamento. 

Analogía y semejanza

Ya comprendido que el plano relacional es otro modo de comprender el mundo en el que vivimos y que las imágenes que Deleuze plantea son imágenes-relación, imágenes-movimiento; creo que resultará muy simple ver cómo estas imágenes no son metafóricas, sino que se trata de analogías, algo muy diferente a la metáfora.

La metáfora es un transporte de semejanzas. Dos realidades diferentes se asemejan en determinada “forma”. Una boca de lobos se relaciona con las oscuridad de un callejón. Es una relación de semejanza. Esto tiene que ver con la comprensión de las imágenes como formas estáticas o en movimiento, pero finalmente formas. En la lengua es un transporte de significado de un contexto lingüístico a otro. Por ejemplo, la pareja es una guerra, hay un significado respecto a la guerra que se traslada a la pareja: los dos bandos, el ataque y la defensa, etc. Estas son significados o atributos de forma de aquella imagen que conforma la metáfora. Como modo de conocimiento, estaríamos en el primer género de Spinoza.

Por el otro lado, Simondon, otro autor que utiliza Deleuze, nos habla de analogías. Y las diferencia claramente de las semejanzas. La analogía transporta relaciones, no semejanzas. Aquí también Simondon produce el concepto de analogía de un modo muy distinto al del sentido común, pues mientras el diccionario nos dice “relación de semejanza”, Simondon nos propone la analogía como “semejanza de relaciones”. Esto es transportar los movimientos puros y no las formas que estos movimientos producen. Entonces cuando Deleuze habla del Go como analogía a la máquina de guerra, lo que nos da son modos, movimientos, velocidades, relaciones. ¿Qué modos? El modo de comprender los elementos de la máquina que se constituyen por su lugar en el tablero y no por su esencia (a diferencia del ajedrez que las piezas valen en sí mismas). ¿Movimientos? El cómo se conquistan y producen territorios, las estrategias, los engaños, etc.

Entonces, las imágenes que Deleuze nos proporciona constantemente, lejos de ser metáforas, son movimientos. La idea es que nos puedan hacer sentir los movimientos que las imágenes nos traen. Es por esto que la percepción debe ser otra, la lectura debe ser otra. Más que entender punto por punto, la propuesta es sentir el ritmo que la imagen nos propone. Es raro que Meschonnic, un filósofo-poeta que hace del ritmo un concepto tan afectivo, no haya comprendido que las imágenes que Deleuze propone son justamente rítmicas.

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