Actos Fortuitos
Parece que en algún momento alguien va a decir o hacer algo que tenga algún tipo de coherencia con algo de lo que ya ha dicho o hecho (en el caso que hacer no sea decir y viceversa). Pero cuando nos acercamos, cuando eso parece que fuera a pasar, cuando estamos por sentir que estamos cerca del borde exterior de entender algo, cuando creemos conocer la distancia a la que estamos de aquel muro que queremos atravesar; la pantalla hace una interferencia, las rayas se superponen a la nítida imagen super-ultra-HD, y el antiguo ruido blanco aparece, llevándonos a otra señal, que no es otra, sino que se desprende del ruido.
Al final, el ruido es todo, nada está por fuera del ruido, el ruido son todas las señales del universo al mismo tiempo y solo logramos, de vez en cuando, cuando tenemos mucha suerte, en un capricho del destino, distinguir alguna de esa infinidad de señales. Y ahí nos acomodamos, la vida parece cobrar algún tipo de sentido y la dejamos transcurrir en una historia que nos inventamos cada vez, en cada momento de tiempo extrañamente duradero. Un rayo atraviesa el cielo, desprendiéndose de una nube ionizada, y su nitidez nos parece querer decir que allí hay algo y que en lo negro que lo rodea no, pero rápidamente desaparece y la promesa de la oscuridad parece renovarse. Y los destellos funcionan tanto como la oscuridad, solo que la oscuridad la deseamos sin quererla, y los destellos son aquello que necesitamos, que forzamos a existir, aquello que también nos promete algo, nos promete cosas, cosas que nos cuentan, en la certeza indudable, que seguimos vivos, aunque quizás no lo estemos. Y es que me resulta extrañamente contradictoria la certeza de la vida y su afirmación. La certeza en aquello que por su coherencia narrativa nos dice que sí, cuando la vida quizás puede ser que nada nos tenga que avisar de su existencia, sino simplemente ser afirmada en la interferencia de señales, en los quiebres de la historia, en los sacudones intensos en el salto cuántico de aquello que nunca está en su lugar. Porque nada, nunca, está en su lugar, nada nunca, está en su lugar, nada, está en su lugar, su lugar.
Y Fortuito es fortuito, fortuito por lo necesario, fortuito por esa afirmación incomprensible de una vida que no precisa ser dicha, por los saltos intensos, por la vibración, por el cuerpo que se tiende hacia adelante sin saber bien cual es el próximo movimiento si no es caer de boca al piso o flotar guiado por las imágenes sin origen, como los cantos de las sirenas, a las profundidades de un mar profundo, donde la muerte no es tan importante como la potencia de los latidos de un corazón que en ese momento se asimila a todo un cuerpo nervioso.
Al final, la lluvia cae, y eso es lo importante. Que la lluvia caiga, no que lave, eso es después, eso es la señal clara, eso es la utilidad de la lluvia. Pero ahora, la lluvia cae, y moja, y enfría, y hace tiritar, y ya nada nos protege, atraviesa, se hace parte de nosotros, somos lluvia, la lluvia nos ocupa, y algo si bien no lo entendemos, lo sentimos, lo comprendemos, lo plegamos en un nuevo algo, algo lluvia, algo gota fina cayendo desde una gran altura y que el aire no frena, su velocidad se hace infinita y atraviesa el cuerpo como si nada hubiera allí, y nos volvemos cuerpo lluvia, cuerpo agujereado, cuerpo atravesado, de destellos, de historias, de imágenes claras, hermosas, coloridas, de movimientos brutales, de oscuridades, de saltos, de ruidos, de músicas que jamás duran lo suficiente. Fuerzas que nos atraviesan y nos llenan al mismo tiempo que nos vacían. Fuerzas que no explican nada, solo pliegan y hacen vida a la vida. Es fortuito que estemos en ellas, que seamos ellas y nos hundamos y volemos con ellas. Nuevas fuerzas comienzan a agujerear la vida, y el paraguas no es transparente, es invisible.
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