Instrucciones para construir un móvil perpetuo


Cuando T.S. Spivet, un niño de 10 años cuya creatividad choca de frente con lo que su familia puede ofrecerle, se escapa de su casa para presenciar una clase de mecánica en la universidad, se encuentra con un desafío. El profesor estaba hablando ese día del mito de la máquina del movimiento perpetuo. Al final de la clase el docente advierte que si bien las leyes de la termodinámica demuestran que la máquina del movimiento perpetuo es un imposible, confiesa que aún cree en la magia y en el surgimiento de un mago que pueda realizarla. Spivet queda maravillado y le adelanta al profesor que él mismo es ese mago.


Lo que ellos no sabían es que la magia no es cuestión de un mago. Que la magia ya estaba y que ella solo dependía de una mirada algo diferente.




[caption id="attachment_367" align="alignright" width="300"]Perpetuum_mobile_villard_de_honnecourt Móvil perpetuo de Villard de Honnecurt. 1230[/caption]

La máquina del movimiento perpetuo era algo que supuestamente debía ser posible pues se trataba únicamente de construir una máquina que conserve el cien por ciento de su energía. Así por ejemplo se podía construir una máquina que comience con energía gravitatoria que se transforme en cinética que se transforme en calórica y en potencial gravitatoria, cinética, calórica... y así al infinito. Una máquina de este tipo conservaba la energía por lo que cumplía con la primera ley de la termodinámica.


En ese momento, esta máquina era un desafío físico. Ella demostraría definitivamente las leyes físicas de la época. No había magia, era solo física llevada a su límite.


La magia venía después, cuando surge la segunda ley de la termodinámica. El universo tiende al caos. La energía se disipa en modos caóticos, no recuperables. Toda máquina disipa una energía que no se recupera, por lo tanto, la máquina se detiene. En ese momento, la máquina de movimiento perpetuo se transforma en mito. Ya no hay física al extremo. El extremo de la física en ese punto es optimizar el gasto de energía al mínimo posible... Por eso la construcción de una máquina así es cuestión de magia a partir de este momento.


El problema de esta máquina, con o sin magia, no son las leyes de la física. Es el modo de comprender el mundo, el universo. Nos comprendemos por partes aisladas, cerradas, que controlamos lo que cambiamos con nuestro mundo circundante. Podemos imaginar un sistema cerrado, y a partir de ahí una máquina cuya energía se conserve en su totalidad en los recintos del sistema. Y así creíamos que era posible construir una máquina del movimiento perpetuo bajo la idea de un recinto cerrado y aislado del resto del mundo. De eso se tratan todas estas máquinas. Y los que sueñan aun con construirla, lo siguen pensando así. La magia para ellos está en quebrar la segunda ley de la termodinámica, generando un sistema tan absolutamente aislado, que todo queda allí dentro.


Son los espacios que construimos para que todo suceda allí. Todo el movimiento está determinado, porque todo el espacio está controlado. Tengo una linda casa, Luis está bien, Graciela está saliendo de una situación complicada, papá y mamá la llevan, con mi novia tenemos un precioso proyecto, vamos por el segundo niño, los gatos un poco gordos pero bien. Todo controlado. Sistema cerrado... Máquina de movimiento perpetuo construida. Fin de la historia... ¿o no?


Bergson decía que no existen los sistemas cerrados, porque aún en el más extremo aislamiento, hay algo que no se puede evitar, que atraviesa el volumen y todos sus elementos y los pone en relación con el afuera: el tiempo. Todo sistema es abierto, puedo imaginarme e ilusionarme con el control del espacio. Pero finalmente, si hay algo que jamás tendremos es el control. Y en esta mirada de la vida como sistemas cerrados nos perdemos los movimientos que vienen del supuesto afuera (que no es afuera porque no lo hay) y los vivimos como catástrofes que no sabemos por qué nos tocan a nosotros. Y no comprender esto es no comprender lo fundamental de la vida, somos seres abiertos, devenires, con entornos abiertos, con mundos abiertos, con familias abiertas, con países abiertos. Y en su extremo hay un Todo... hay un Todo Abierto (lo que es una redundancia, porque el Todo es naturalmente abierto). Es el Todo concebible, lo que podemos inteligir como Todo... hasta que se desborda, hasta que algo se sale de sus límites y el Todo ya es otro.


En este mundo, en este Todo-Abierto, en la imposibilidad del aislamiento, es donde la máquina del movimiento perpetuo es no solo posible, sino necesaria.




  1. Desplácese muy lentamente hasta un parque cercano un día de sol pero con algunas nubes.

  2. Busque una zona con muchos árboles y en lo posible con el pasto algo crecido.

  3. Recueste su cuerpo en el césped, de manera de quedar nariz arriba (o boca arriba, como quiera).

  4. Respire profundamente, relaje la mirada, afloje el resto del cuerpo.

  5. Observe las diferentes máquinas de movimiento perpetuo a su alrededor:



  • La hoja que se mece en la punta del árbol que se encuentra directamente sobre usted.

  • Todas las demás hojas de ese árbol.

  • Las hojas de los otros árboles.

  • Los árboles más finos de su alrededor.

  • Los que le siguen en grosor.

  • Los insectos que están pasando por debajo de usted en ese momento y se traduce en picor en la piel.

  • La brizna de hierba que roza de costado su pulgar izquierdo.

  • El pasto en general.

  • Las nubes que avanzan por el cielo.

  • Sus cabellos (si los tiene)

  • Su piel con sus contracciones involuntarias.

  • Usted mismo con su respiración, la sangre corriendo, los órganos que se retuercen, laten, se hinchan, los ojos que se mueven y palpitan sin parar, las renovaciones celulares, la degradación, la descomposición, la mutación en insectos, tierra, brizna, aire, nube, hoja de árbol.


El universo es movimiento perpetuo...

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