Vibración músico-corporal: desonancia e implicación.




Bicicleta, pedal, pedal, pedal, velocidad, los escalones próximos, el cuerpo hacia delante: aerodinámica intuitiva, la plaza Lafone, luego de los escalones la extensión óptima de la vereda para poder frenar maniobrando, posiblemente hacia la izquierda (por una tendencia natural en mí). Tantas veces había saltado y nunca había ocurrido nada malo. La mayor velocidad que una rodado 24 y piernas de 10 años podían alcanzar, el salto de 4 o 5 escalones levantando el cuerpo junto con la bici, caer siempre primero con la rueda trasera, enseguida la delantera. Pero no esta vez, algo fue diferente: la rueda trasera tocó el piso, un ruido extraño, jamás escuchado por mí y el dolor fueron una sola cosa: un fierro cortando mi pantorrilla. Un rayo se había quebrado. Llanto y el cuerpo temblando.
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Bicicleta (otra vez), patio de la escuela, un sábado, porque en día escolar jamás hubiese ido con la bici. Sábado entonces y otra vez la velocidad. Todo estratégicamente calculado para una gran experiencia: acelerar a fondo derechito hacia el arco de la cancha de fútbol (la cancha era de asfalto) y en el momento preciso, en ese único instante que en que todas las variables están dispuestas para lograrlo, subir los brazos, colgarse del travesaño, enredar las piernas en la bicicleta y quedar colgado, cuerpo y bicicleta (cuerpo de bicicleta), del arco en un balanceo inolvidable. Fue inolvidable. La aceleración fue óptima, el terreno despejado, todo a disposición mía y del sol (porque era sábado y hacía calor), llegué hasta abajo del arco, alcé los brazos, atrapé el travesaño, mis brazos aguantaron el envión, el arco no, se fue hacia atrás, la base lo sostuvo pero lo devolvió hacia delante y ese adelante solo se detuvo contra el piso de asfalto, con mi cuerpo amortiguando la caída. Me raspé todo y el cuerpo temblaba.

Segundo de liceo, adolescencia, niños, muy niños. Clase de biología, las trinchetas estaban listas para "estudiar" algún pobre animal caído en la desgracia del conocimiento. Creo recordar que era un pez (o quizá un sapo o tal vez una lombriz). El procedimiento era sencillo: tomar el (supongamos) pez, un compañero de la cola, otro de la cabeza, quitar la tranca de la trincheta, correr la hoja fuera del protector plástico, insertarlo en el cuerpo del animal y producir un corte longitudinal para así poder estudiar (imagino que algo bien propio de la biología) cómo una hoja de trincheta corta un cuerpo al ser incrustada y deslizada por el mismo. Profesor o profesora (no recuerdo) distraído, el animal sobre la mesa presto a enseñar el triperío, un compañero con una trincheta, yo con otra, "en guardia!!" y comienza la lucha, el juego, la diversión, zás, zás, zás, mi trincheta corta la pera de mi compañero que sangra cual pez en clase de biología. Alarma, terror, temor. "Andá a la adscripción que te curen", dice el profesor, "no es nada; acompañalo" me dice a mí. Yo voy con mi compañero, el cual me amenaza con decir que lo hice por gusto y que me iban a echar del liceo. Pasillo largo, él llorando, sangrando, amenazando. El cuerpo me temblaba y me tiembla aún al pensar que si en ese breve momento mi compañero levantaba la cara, el corte podría haber sido en la garganta. (Al año siguiente efectivamente fuí invitado a retirarme de ese liceo, por otras circunstancias, más bien acumulativas, pero en esa oportunidad no me tembló el cuerpo).

Seguir vibrando al recordar algunos episodios. Porque no son temblores, son vibraciones, música dispersa en el cuerpo, sin lugar para sonar, sin armonía posible. Vibraciones sin captura, sin dominio posible, ecos eternos de un instante en que aquello que estaba sucediendo, por extraño, por violento, por imprevisto, no se pudo poner en ningún código, en ninguna escala. Décimas de segundos probablemente, no más que eso, pero solo basta el recuerdo para revivirlas en una vibración músico-corporal.

A estas vibraciones un amigo les llama desonancia. Desde estas vibraciones se produce en psicología, en cierta psicología, la que yo practico, la que yo valoro. Lo que se investiga es lo que vibra: la investigación es armonizar notas, es componer y su método es el despliegue de la implicación (que podrá llamarse eventualmente cartografía, etnografía, TAR o estudio de caso).































La implicación como método, no como captura, no como algo que hay que despejar antes de empezar a escribir, antes incluso de empezar a investigar. Implicar no es justificar, no es decir por qué algo nos importa mucho, nos llama la atención y nos convoca. Implicación no es la palabra con la que se designan las determinantes del acto de conocer. Implicación no es anticipar al otro sobre nuestro grado de ceguera.

La implicación no es la mugre pegoteada de la que debemos bañarnos antes de entrar al campo para que no manche la pureza del objeto. Sobreimplicación es la negación de la implicación. ¿Cómo podríamos negar tal cosa? No es la terquedad de un sujeto, es un dispositivo, también productor de implicación cuyo efecto es la invisibilización de la misma: la pureza, la neutralidad, la separación (sujeto . Objeto, sujeto – campo, sujeto – sujeto). Hay métodos capaces de hacerlo, hay conocimientos que solo son posible gracias a la existencia de esos métodos.

La implicación es nuestro pliegue del mundo, son nuestras vibraciones. Pero cuando (en el mundo académico-científico) llega el momento de plegar, ya estamos nosotros mismos plegados: toda institución, toda disciplina, toda metodología, conllevan uno o varios códigos de plegado.

Desde ésta perspectiva, decir "metodología implicada" es una redundancia. Si así es enunciada no es para diferenciarse de otras metodologías "no implicadas", sino para dar cuenta de ese nuevo pliegue que el campo le impone a la metodología: una metodología que se alimenta de lo incapturable del código de plegado, que lo rompe, que lo hace vibrar por todos lados, que hace del investigador un músico armonizando vibraciones.

La investigación es la realización de ese pliegue que no se termina con la salida del campo, que sigue durante la escritura, que solo termina porque sí, porque se llegó a la fecha de entrega o al límite de hojas.

Escribir es desplegar. ¿Cómo dar cuenta del pliegue? Si podemos presuponer lo infinito del mundo, su complejidad, su carácter de multiplicidad, su condición rizomática, habrá que decir que conocer es mostrar el borde, la piel, ese punto de contacto donde afuera y adentro autorregulan la temperatura, donde uno se extiende en el otro. Ese borde que es caja de resonancia. A nivel del conocimiento es el punto donde ya no sé si eso que sé estaba en el campo antes de mi presencia o fui yo el que lo puso allí. Desde el punto de vista de la implicación este problema ya no importa, pues está mal planteado, pues no somos más que la armonía que puede crearse a partir de la vibración campo – cuerpo.

Es por este borde, por esta extensión infinita de uno en el otro, que no se puede dejar de escribir sin una causa arbitraria que detenga esa escritura. La escritura es el despliegue de ese borde campo-investigador, es el mapa de ese mundo insólito, “la realidad” no es aquello de lo que habla una investigación, es todo aquello de lo que no podemos dar cuenta y que siempre continua vibrando.

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