Apertura: Manifiesto por una clínica más allá y más acá de lo terapéutico.

Capítulo 5 de la tesis de maestría "El acontecimiento en las prácticas psicológicas"


(Recomiendo leer de corrido el texto y después realizar una segunda lectura complementando con los pies de página, o viceversa)


No buscamos una terapéutica. Un encuentro basado en la salud-enfermedad. En el curar. Therapeuein: la filosofía como operación médica. Hay un cuidado, un cuidado que busca sanar el alma. ¿Qué alma? ¿Qué enfermedad sufre el alma? ¿Quién sabe curar esta enfermedad que sufre mi alma? ¿A quién debo obedecer?1 La psicología está originariamente atada a la operación médica, por una manera de comprender la mente, por una analogía entre las afecciones de lo extensivo y las afectaciones de lo intensivo. Una analogía que acabó en una homogeneización de la vida como algo únicamente extenso. Y por otro lado, la terapéutica como una práctica de gobierno, no solo como la vimos al inicio de esta tesis, sino en sus mismos antiguos orígenes2.


No se trata de negar estas cuestiones. Se trata de una política del encuentro. ¿Política del encuentro? Modos de la sustancia con atributos finitos. Imágenes que actúan unas sobre otras en todos sus lados y sobre todas sus caras. En determinado recorte, en un punto de vista, desde la extensión, desde la materialidad, hay encuentros que descomponen los cuerpos. Hay generalidades, no universalidades. Generalidades sobre la descomposición de los cuerpos. Y la medicina actúa sobre estas generalidades. Se sigue avanzando por partes, por partes de cuerpo, por extensiones, por saber, por obedecer, por conocer el síntoma y no por el cuidado. Nuestra única tarea es conocer el síntoma, después toda la responsabilidad debe quedar en quien sabe. Es un juego perverso, porque el cuidado de sí se considera una irresponsabilidad si queda en nosotros, que no sabemos, y no se obedece al profesional, que es el que sabe3. Es el juego que necesita de la confianza para ser jugado. Confianza que reparte los seres en dos tipos: en los que confiamos y en los que desconfiamos. Y en los profesionales confiamos, por su competencia, por su saber, por su poder. Entonces, cuidar de sí, hacerse cargo de uno, es irresponsable. Las cosas están cambiando, pero no tanto. El cuidado preventivo sigue siendo obedecer al médico porque él conoce las relaciones que descomponen nuestro cuerpo. Sin embargo, en este punto de vista, en esta capa de la individualidad, la de las infinitas partes extensas, avanzamos4. Hemos logrado contrarrestar efectos de descomposición e incluso prevenirlos. Pero nuestras partes extensas siguen siendo mortales, seguimos siendo, en mayor medida, mortales. Tarde o temprano nuestra materialidad se descompone, morimos, es inevitable y no veo por qué querríamos evitarlo5. En un tiempo eterno, alargar la vida de nuestra materialidad carece de sentido, al fin y al cabo, lo más importante es cómo nos experimentamos a cada momento de nuestra vida y solo ahí somos mortales o eternos. Somos mortales en la espera de nuestra muerte, en el afecto de tristeza, en el reposo de la despotenciación, en el miedo, en la servidumbre. Somos eternos en la acción que potencia el afecto de alegría, en sentir que podemos y que podemos todo lo que podemos6. En la omnipotencia, pero no en la omnipotencia de las partes extensas, sino en la de las relaciones. Puedo todo lo que la composición de relaciones me permite, dentro de eso puedo todo. En cambio la impotencia no se trata de no poder nada, sino de una disminución de nuestra potencia, de poder menos que lo que sentimos que podemos. Son conceptos que usados en las relaciones cobran otro sentido, porque nadie puede pedirme hacer menos que lo que puedo, porque ahora hay otros saberes que se juegan en mí. Ya no es un saber que puedo dejar en manos de otro, es un saber acerca de las relaciones de composición con otros cuerpos y con el propio, que se independiza de las extensiones y donde solo cuenta la relación en sí misma, de manera que hablar de “otros cuerpos” o de “mi cuerpo” comienza a carecer de sentido (no porque se pierdan las individualidades, sino porque la individualidad queda definida por las relaciones y no por las extensiones). Son otros géneros del conocimiento. Se trata de un conocimiento singular (que no es universal, puede ser general, pero solo respecto a las relaciones que me componen o de las cuales soy composición), inmanente (que no es trascendente, que no hay verdad de mi cuerpo fuera de la situación de composición en la que se encuentre), intransferible (nadie puede llegar a este conocimiento sobre mi. Otro puede encontrarse conmigo de manera de aprehender nuevos modos de composición. Pero ese otro nunca tendrá un conocimiento sobre los modos de composición más allá de los que él participe y con otras aprehensiones) y transductivo (no acumulativo, procede por saltos y no hay un desarrollo o perfeccionamiento de un conocimiento después de producido). El conocimiento del que hablamos es tan perfecto como puede ser en función de la potencia de acción que actualiza.
No buscamos una terapéutica. Aunque ella se impone, se impone en las relaciones preestablecidas. Se impone en los lugares de poder que asumimos. La terapéutica se impone. Creemos que sabemos… y sabemos. ¿Pero qué sabemos? Sabemos cosas, cosas que aprendimos durante muchos años. Cosas que acumulamos en bibliotecas o en circuitos neuronales. Sabemos sobre depresión, sobre bipolaridad, sobre Edipo, sobre las relaciones de pareja, sabemos de sistemas, colectivos, conductas, conflictos adolescentes, síntomas, trastornos, energías, arquetipos, pulsiones e instintos. Sabemos muchas cosas sobre el otro. Y no necesariamente este saber es inadecuado. Lo adecuado se determina por el lugar que toma en el encuentro, en la relación. Al fin y al cabo, este conocimiento, es parte de las afecciones, las impresiones que quedan grabadas en este modo del ser y que lo transforma a cada momento. Cuando solo quedan las relaciones, las afecciones y los afectos es lo que devenimos. Devenimos imágenes que nos impresionan y variaciones de impresiones que nos potencian. El conocimiento acumulativo no es adecuado o inadecuado. Lo inadecuado es tomar lo extenso como el atributo de individuación y el conocimiento acumulativo como el único capaz de mantener esta individualidad. Esa es la inadecuación. Lo adecuado es comprender las relaciones que me componen y que dentro de esas relaciones están en juego las afecciones, de las cuales el conocimiento acumulativo forma parte, como conocimiento del primer género. Y que un conocimiento, como tal, solo puede ser sobre las relaciones de composición, los modos y las frecuencias que producen nuestra esencia singular, eso que nos individúa. Y allí, no puede más que ser adecuado. El conocimiento singular, inmanente, transductivo, intransferible es, necesariamente, adecuado7.
Comprender los modos, las velocidades y lentitudes que nos componen, la esencia singular que nos individua, es comprender lo eterno del acontecimiento. Es comprender que el acontecimiento que se actualiza en una herida, es efecto de un solo y original Acontecimiento que es pura potencia, puro devenir8. Es comprender que el acontecimiento no me sucede, sino que lo encarno, existo, soy para encarnar el acontecimiento, que desde que se actualiza, es lo que soy. Comprender esta composición es estar a la altura del acontecimiento. Hacerse cargo del acontecimiento y que este deje de ser exterior. Es el momento de la diagramática. Es salir del mundo de los signos9, de las partes extensas. Lo extenso es aquello que se compone de partes y es parte de otra extensión. Eso es lo extenso. Sobre lo extenso lo único que tenemos es el código, el código digital, articulado; cuya función es la categorización de las partes, la codificación discreta. ¿Cuál es el sentido del lenguaje? La producción de un mundo digital, discreto, un mundo de partes. El lenguaje no trasmite, produce un mundo. El mundo del lenguaje, el mundo de los signos, es el mundo de las partes extensas, es el mundo donde somos trágicamente mortales (trágicamente porque nos aterrorizamos de la mortalidad, cuando su valor de verdad es directamente proporcional a lo ausentes que estemos de nuestro presente, de la vivencia actual), es el mundo del conocimiento inadecuado. Sin embargo, es el mundo en el que vivimos y que precisamos para vivir. Vivimos reclamando y emitiendo signos. Signos actuales, concretos, equívocos, que nos hunden cada vez en el primer género del conocimiento cuando pedimos una explicación.


La pregunta es: ¿cómo salir de ese mundo de signos? Nada de lo que hagamos conscientemente será por fuera del mundo de los signos. Todas mis acciones medianamente pensadas surgen desde este mundo. No hay vuelo posible bajo el dominio de la ley de gravedad. Sin embargo es posible construir un trampolín10. Aunque este trampolín se atenga a la fuerza gravitatoria, nos permite saltos importantes, aumentos de potencia de acción que por unos segundos nos hacen sentir un vuelo, aun bajo la lógica de los signos. Hasta que en un impulso superamos un umbral, el umbral aquel en el que quedamos fuera del campo de incidencia y el vuelo tiene un sentido propio. Comprendemos la relación, no por sus partes (Yo-Tierra), sino por la relación en sí misma. Ya no son las partes o las impresiones que el otro produce en mí, sino qué tipo de relaciones puedo componer, las velocidades, las direcciones, los sentidos, los atributos; en resumen, el modo de la sustancia que constituye mi esencia singular, que desde ya no es mía aunque “me” constituya.


Finalmente, no hay ley universal del trampolín. Hay un navegar el océano de los signos, un navegar singular, los signos también son cuerpos que componen, y en ese navegar es que construyo las salidas, detecto las diferentes semióticas que componen el encuentro (encuentro de partes, sí), las líneas de alegría que me potencian y las de tristeza que me hunden en lo inadecuado. Capto las transformaciones que se producen, de una lógica significante a una pasión, de una pasión a una sensación, de allí a otra lógica ahora de guerra; sensibilización para captar los movimientos de los signos sobre el plano de inmanencia. Y después el caos, el momento del diagrama, el caos dispuesto, el caosmos, donde el riesgo es total, donde la muerte es inminente, donde el acontecimiento es eterno, la muerte contra todas las muertes, la guerra contra todas las guerras, la violencia contra todas las violencias. El caos puede invadir todo, la cancioncilla del niño11 es invadida por los sonidos incomprensibles de todos los órganos que se expresan, la boca emite sonidos nunca escuchados, la lengua adopta posiciones insólitas, el cuerpo deviene un gran instrumento de percusión y vientos. O, por el contrario, ante el caos, elegimos el lugar seguro, el cliché, una vuelta significante al mundo del orden. Estos son los grandes riesgos que se encuentran en sus polos: el caos que se come el mundo, el cliché que nos devuelve al más estructurado mundo de los signos significantes. Entre ellos el diagrama con sus funciones, disolver las semejanzas, potenciar el caos, disponerlo hacia la máquina abstracta que permita el surgimiento, el ascenso de lo nuevo, de un nuevo modo; finalmente, de una semiótica singular e inédita. En definitiva, toda semiótica es un agenciamiento colectivo de enunciación, y todo modo compositivo de relacionamiento, es agenciamiento maquínico de los cuerpos. Siempre volvemos al signo, a la tierra, a los cuerpos; lo importante es cómo volvemos y cómo experimentamos la vuelta: siendo partes extensas mortales, o relaciones y esencias singulares experienciando la eternidad.




1Tomamos la etimología de Terapéutico tal como lo trabaja Michel Foucalt en La Hermenéutica del Sujeto (2005), donde therapeuein refiere a tres determinaciones: la cura médica, la obediencia y el culto : “Como saben, en griego, therapeuein quiere decir tres cosas. Quiere decir, por supuesto, realizar un acto médico cuyo objetivo es curar, sanar; pero therapeuein también es la actividad del servidor que obedece órdenes y sirve a su amo; y por último, therapeuein es rendir un culto” (Foucault, 2005, p. 110).





2En la misma La Hermenéutica del Sujeto (2005) Foucault describe un grupo llamado los terapeutas que aparece en las lecturas de Filón. Si bien la existencia de este grupo fue discutida a lo largo de la historia, los estudios contemporáneos tienden a aproximar este grupo a los esenios dándole una existencia real. En este curso Foucalt describe de esta manera a los terapeutas (2005, pp. 123–124):


Esta comunidad de los terapeutas tenía tres ejes y tres dimensiones. Por una parte, prácticas culturales y religiosas muy marcadas, que muestran con claridad que estamos frente a un grupo religioso. (…) La inquietud de sí. Y por el otro, un acento igualmente muy pronunciado sobre todo el trabajo intelectual, teórico, todo el trabajo del saber. Por el lado de la inquietud de sí se dice, desde el comienzo, que los terapeutas se retiraron al lugar en que se encuentran para poder curar las enfermedades (…) Esos son los terapeutas: acuden allí a curarse. En segundo lugar, otra referencia: lo que buscan es, ante todo, la egkrateia (el dominio de sí sobre sí mismo), considerada la base y fundamento de todas las demás virtudes. Por último (…) la precupación por su alma, a la cual deben consagrar todos los días. Y al mismo tiempo que esa preocupación por el alma, vemos un énfasis muy fuerte en el saber. Su objetivo, como dicen, como dice Filón, es aprender a ver claro. Y ver claro es tener la mirada lo suficientemente clara para poder contemplar a Dios.





3La relación entre cuidar de sí (epimeleia heatou) y conocerse a sí mismo (gnothi seauton) es extensamente trabajada por Foucault en La hermenéutica del sujeto (2005). Al inicio del curso Foucault se pregunta por qué quedó relegado el cuidado de sí frente al conocerse a sí, y plantea tres posibles razones: 1) porque la inquietud de sí fue vista como un movimiento individualista o egoísta, diferente al carácter positivo que tenía en sus inicios, 2) por las reglas de renuncia a la inquietud de sí que surgen en el cristianismo y la modernidad como códigos morales de no egoísmo y 3), la que Foucault considera la más seria de las tres razones, que es lo que denominó el momento cartesiano, que tuvo dos efectos: recalificar el conocerse a sí mismo al poner al sujeto como principio mismo del acceso al ser a través del autoconocimiento y descalificar el cuidado de sí al trasladar este cuidado al campo científico y excluirlo del filosófico (2005, pp. 31–32).





4Deleuze, en el curso sobre Spinoza En medio de Spinoza describe tres capas de la individualidad en la obra de Spinoza y relaciona estas tres capas con los tres géneros del conocimiento (2006a, p. 422):


(…) las tres dimensiones de la individualidad. Primera dimensión: tengo una infinidad de partes extensivas. Si recuerdan, aun más precisamente, tengo una infinidad de conjuntos infinitos de partes extensivas o exteriores las unas a las otras. Estoy compuesto al infinito. Segunda dimensión: esos conjuntos infinitos de partes extensivas exteriores las unas a las otras, me pertenecen, pero bajo relaciones características, relaciones de movimiento y de reposo (…). Tercera dimensión: esas relaciones características no hacen más que expresar un grado de potencia que constituye mi esencia; mi propia esencia, es decir, una esencia singular.





5“¿Qué quiere decir morir? Quiere decir que las partes que me pertenecen bajo tal o cual relación son determinadas desde afuera a entrar bajo otra relación que no me caracteriza, sino que caracteriza a otra cosa” (Deleuze, 2006a, p. 425).





6El Spinoza de Deleuze le otorga tanto a la mortalidad como a la eternidad un sentido inmanente, de vivencia. La eternidad es una experimentación de vida, la potencia de acción al máximo nivel. Mientras que la mortalidad es el mayor afecto de tristeza, donde nos sumergimos al máximo en el mundo de las partes extensas (Deleuze, 2006a, pp. 320–321). No tienen relación, por lo tanto, con la muerte efectiva ni con la inmortalidad prometida por las religiones.





7Las relaciones inadecuadas son comprendidas por Deleuze como aquellas de las cuales conozco al otro por los efectos que tiene sobre mí. “En tanto que conozco los cuerpos por el efecto exterior que tienen sobre mí, puedo decir que mis afecciones son inadecuadas y que mis afectos son pasiones, ya sean alegrías o tristezas” (2006a, p. 305). En cambio el conocimiento adecuado se define por el conocimiento sobre las relaciones de composición de los cuerpos, tanto entre los cuerpos como las relaciones que componen mi propio cuerpo. Solo allí podemos decir que poseemos nuestra potencia. “Cuando llego a composiciones de relaciones y a relaciones compuestas, mis ideas son necesariamente adecuadas” (2006a, p. 311)





8La enunciación de un Acontecimiento original puede llevar a la idea de la trascendencia, de una causa original trascendente. Sin embargo, Deleuze en Lógica del Sentido (2002) lo describe de una manera muy similar a la sinfonía universal de Uexküll, como la composición inmanente, sin partitura preexistente, pero que nos integra a todos en un gran movimiento. “¿Un solo y mismo Acontecimiento? Mezcla que extrae y purifica, y lo mide todo por el instante sin mezcla, en lugar de mezclarlo todo: entonces, todas las violencias y todas las opresiones se reúnen en este solo acontecimiento, que las denuncia todas al denunciar una de ellas” (Deleuze, 2002, p. 161).





9Para el Spinoza de Deleuze, el mundo de los signos, es el mundo de lo inadecuado, del primer género del conocimiento. El mundo de la equivocidad, pues los signo son equívocos por origen. “¿qué significa que estamos en un mundo de signos? (…) que no puedo conocerme más que por las afecciones que experimento, es decir, por la impresión de los cuerpos sobre el mío. Es un estado de confusión absoluta” (2006a, p. 293).





10Este trampolín, es el pasaje de la afección al afecto, el cual en este punto Deleuze lo considera un signo vectorial, un signo con la potencia de desviar el afecto-pasión hacia un aumento o disminución efectiva de la potencia. Los afectos-pasiones tendían a aumentar la potencia, los afectos-vectores efectivamente la aumentan pudiendo sacarnos del mundo de los signos (2006a, p. 298).





11En Mil Mesetas, meseta Del Ritornelo (Deleuze & Guattari, 2006a) un niño construye un centro de estabilidad en el caos a partir de una canción. Podemos pensar esta canción, como la criba que dispone al caos hacia un agenciamiento. “Esa cancioncilla es como el esbozo de un centro estable y tranquilo, estabilizante y tranquilizante, en el seno del caos” (2006a, p. 318).



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