Lo continuo y lo discontinuo en la clínica (Parte 2)

Lo discontinuo

"Toda una vida tapando agujeros". De eso se trata. Llenamos los agujeros en los que caemos con cualquier cosa con tal de seguir jugando el partido. Nos aterroriza el agujero. Y en determinadas circunstancias nos acostumbramos tanto a ellos, que los hacemos una nueva continuidad. "Mi vida es un agujero tras otro", podría decir Joe, la ninfómana de Von Trier. Y no sería cierto, ni tampoco falso. Hacemos del agujero un modo de vida, orgullosos que escapamos  de la vida estable y sin riesgos que se nos impone.
Sin embargo, nada más lejos. La huida, el supuesto escape, solo construye el mismo modo que configura a Julianne Moore en Las Horas, y que la lleva finalmente a ser tragada por el verdadero agujero, el Acontecimiento original, la inundación bíblica que se invierte en el suicidio de Virginia Woolf. ¿No es acaso el cuerpo-mar y el cuerpo-mujer un encuentro donde el "quién va hacia quién" (inundación o suicidio) ya no tiene ni puede tener UN sentido? Devenir. El devenir es en dos sentidos al vez. Devenir-mar-mujer. El acontecimiento ya no es lo que le sucede a Joe en el callejón, el acontecimiento es Joe en ese callejón donde no podía ocurrir otra cosa. Joe es el callejón, Joe es Joe-callejón golpeada, resquebrajada, meada, húmeda, oscura y bella. La humillación no fueron los latigazos ni el pato silencioso. Lanymphomanic first still humillación son los celos, el amor, el arrepentimiento... el haberse dado cuenta que construyó otra continuidad alterna a la que le escapaba sin darse cuenta que no hay tal escape.
Y allí aparece el agujero inevitable, el que nos dice "tanto pozo para volver a la superficie". Y allí es donde el acontecimiento ya no puede, no se deja hacer cliché. No podemos escapar de la afirmación contundente que nos aborda como algo que no es externa a nosotros y que no tiene ninguna utilidad para nadie, más que la de afirmarnos como singularidad del Universo que componemos y descomponemos a cada momento. Qué es y qué no es acontecimiento, ya no importa. Nunca importó, pues intentando responder esa pregunta es cuando nos quedamos en los existentes que nunca alcanzan, nunca nos bastan. Y entre la permanencia divina y el devenir diabólico, es que emergemos. A cada momento, a cada instante, segundos, días, meses, siglos. Somos eternamente los mismos, somos a cada instante otro. Ya no importa lo que somos, pues el acontecimiento es eterno y a la misma vez instantáneo, pues ambas concepciones quedan fuera del tiempo. Epstein decía que Dios es la permanencia y el Diablo el devenir y entre ellos surge el existente. La forma, lo que somos, surge del conflicto de permanecer y de experimentarse singular en un momento dado. Por eso poco importa el ¿qué es?, que nos lleva tanto a una indagación metafísica como a una construcción mítica-religiosa... ya no importa. Preguntaremos entonces: ¿cómo funciona? Sabemos que hay algo allí, lo sentimos. La continuidad la construimos; la discontinuidad se nos impone. Este es el mundo en que vivimos: lo continuo es lo buscado, lo discontinuo es lo que nos ataca hasta que lo volvemos un continuo. Si lo sentimos así debemos comprender que ambas concepciones son construcciones con las que funcionamos, y por lo que sentimos la discontinuidad como una tragedia y la continuidad como lo deseado. Siendo ambas vivencias no excluyentes entre ellas.

Proponemos ponderar estos polos en el trabajo clínico, sabiendo que ambos funcionan al mismo tiempo y que tendemos a apropiarnos de uno y conjurar el otro negándolo o volviéndolo un cliché. Esto no quiere decir elegir, ya que no se trata de eso. Sino de considerar la vida como algo mucho más complejo y rico que la sola continuidad de los procesos que construimos para permanecer y durar en sociedad. Abordar el acontecimiento nos desvía de la función gubernamental inherente a las prácticas psicológicas, pues él desborda toda estratificación. Por otro lado, abordar el acontecimiento nunca es explicarlo, o entenderlo, o interpretarlo. En palabras de Deleuze, es estar a su altura, en sus tres determinaciones: comprenderlo, quererlo y encarnarlo. Para esto es importante visualizar que el acontecimiento no es eso que el otro vive y me cuenta, es aquello que acontece porque estoy allí para que eso suceda. Encarnar, devenir, actualizar el acontecimiento. Quererlo es cambiar nuestra posición hegemónica respecto a los dislocamientos, a los quiebres. Ya no son tragedias que lo único que hacen es generarnos sufrimiento. Sí hay una vibración que no resuena: desonancia. Y a partir de ella es una necesidad del cuerpo producir un nuevo modo, conocimiento comprensivo, corporal, de las relaciones que componen el encuentro. Es la violencia del encuentro en el no reconocimiento que nos obliga a pensar y crear nuevos modos. Comprenderlo no es lo mismo que entenderlo, no hay nada que entender.

¿Cómo? No hay recetas porque no hay nada más allá de la vivencia inmanente de los diferentes encuentros. Por eso también no hay nada que discutir. No hay razón posible. Hay encuentros que producen: afectaciones, pensamientos, registros... y contagian mucho más allá de lo que trasmiten. En eso estamos.

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