Acontecimiento a través de Rayuela.
Horacio, Horacio, Ohracio, Oración, Ración, Racional Horacio, te llevó un París conocerlo, precisaste un espejo mágico, al que llamaban Maga. Por eso era mala tu literatura Horacio (no Julio, es a Horacio a quien hablo), porque ella era la Maga y eso no es tu culpa, pero que le dijeras "espejo", que tan fácilmente nos hicieras saber que era de ti de quien siempre se trataba. Eso es mala literatura y vos lo sabías y por eso atacabas a las pobres letras y les decías "perras negras", pero ellas no eran las culpables de que quisieras llegar a algo a lo que no se llega a través de ellas. Eso donde la Maga se zambullía de cabeza. O al menos eso te parecía a ti, porque de ella solo sabemos que era un espejo. ¿Cuál era esa magia que tanto admirabas y de la que tanto te burlabas? Vivir en una "concreción nebulosa", como así la llamaste alguna vez, en ella todas las cosas podían mezclarse, todo podía entrar en relación con todo, todo podía tener igual jerarquía o una jerarquía rizomática, variable, pero sin leyes de variación, pura efervescencia de mezclas. Y a ese método ametódico le llamaban Maga. Y la odiabas porque vos no podías acceder allí, al "mundo-Maga", solo por abstracción y eso era tu muerte, otra vez víctima de las "perras negras" y tu mala literatura.
Vos vivías en tu "tura": la "Tura París" que era culTura, literaTura, pinTura, esculTura, escriTura.. cada arte y cada ciencia diferenciada, el mundo de las disciplinas y lo disciplinado, lo sabida y sabiamente distinguido, el orden ordenado. Todo de lo cual también te reías y burlabas, pero solo con letras, con juegos mentales impotentes y fastidiosos hasta para ti mismo, sobre todo para ti mismo. Pero allí estabas en casa, en tu continuidad y tu reconocimiento: una y otra vez la misma imagen: yo literato, aquello la tura de turno, ella Maga. Y era muy gracioso para ti ver cómo se podía entrar de a poco en el mundo-Maga mientras el bidet se iba transformando en disquería, pero eran tus discos, siempre se escuchaba tu jazz, veías algo prodigioso en que la Maga convirtiera el bidet en discoteca, pero si el apartamento era un boleto de ómnibus y vos seguías dale que te dale con los discos, dónde los iba a poner.. pero bueno, era ella, era su apartamento. Lo tuyo era la tura, saber la historia de cada disco y cada canción, lo de ella era meterlos en el bidet sin reflexión sobre la trascendente dignidad del artista en cuestión.
Pero entonces qué hacías levantando las cosas que se te caían porque creías que si no las levantabas alguien, cuyo nombre comenzara con la misma letra del objeto caído, se iba a morir. En aquél restaurante fue el terrón de azúcar: te revolcaste por las alfombras y las mesas vecinas buscando el terrón por miedo a que alguien con T fuera a morir si no lo hacías. ¡Qué fuga Horacio! cómo se te iba de rosca la obsesión. Mientras te mantenías en las turas todo muy bien y tus fugas quedaban atrapadas en las letras.. ¿pero ésto? Esta es la fuga, allí se cayeron las jerarquías o, mejor dicho, impusiste la tuya por sobre las del resto: lo primero era recoger el terrón, luego si creían que vos eras loco, si te echaban a la mierda del restaurante, si tus compañeros de mesa sentían una vergüenza inenarrable. Pero sin embargo en eso, tan tuyo, no había reconocimiento, vos no eras ese, eso era algo inexplicable que te sucedía, pero justamente, por inexplicable, por estar fuera de las Turas, no eras vos, no era tu potencia vital, no, ella tenía que quedarse atrapada en las letras. Por eso admirabas a la Maga. Porque ella sí podía vivir en esa zona donde la palabra "amor" se menciona como sentimiento puro y puede venir mezclado con medias, sopa y pelo mojada, sin ritual de cena, velas y vino tinto, porque en una circunstancia así, la Maga podía quedarse horas fascinada con el cambio de color del vino según la distancia con la vela. Pero eras tú el que estabas por el piso buscando el terrón, por eso la Maga era espejo. La Maga mostraba algo en ti pero era otra: el espejo es eso que somos pero que infinitamente no somos.
Por eso le decías mundo-Maga, porque de mundos es que se trata en el amor, de ser arrastrados hacia nuevos mundos. Ella te arrancaba de tu mundo, y te llevaba a ese otro donde pasan cosas mágicas. Pero que cagazo que te daba, por eso te ibas y a Rocamadour (nada de bebes, simplemente metáfora del amor) lo alimentaba solo ella, era de ella, no tuyo, vos no lo querías, te molestaba. Qué miedo Horacio a entrar en el mundo-Maga, ibas a perder todas tus Turas, esas mismas que tanto odiabas pero en las que te reconocías, que te hacían valedero para vos mismo y los demás, para la propia Maga según vos. Por eso tenía que desaparecer la Maga para que vos accedieras a aquello que buscabas, porque con ella allí y con vos creyendo que ella te amaba por tus Turas, jamás podrías renunciar a ellas sin renunciar a la Maga. Ella era la discontinuidad temida, la muerte del proyecto arte-escritor, de la Tura-Paris.
De pronto te perdías en el encuentro, pero lo evitabas, intentabas salir corriendo de allí. Es el hermoso capítulo 7, ese de “toco tu boca”. En él estás lejos, dibujas la boca que querés, hay distancia, hay un dedo que dibuja una boca, y sin darte cuenta, se van encontrando. Es sutil, pero lo es todo. De pronto “por un extraño azar” la boca dibujada es la boca que se encuentra debajo del dedo, y mirándose de cerca comienzan a confundirse hasta ser, por un instante, indisociables: “como una luna en el agua”. De momentos así también estuvo hecho aquello que fue en Paris, pero no podías entregarte aún, todavía había miedo.
Deambulaste por lo bajo, por lo más bajo, porque solo de allí podías renacer, solo de la tierra brotan las flores, te revolcaste en el barro, probaste hasta la última gota de inmundicia, y allí, en la tierra, finalmente pudiste dibujar tu rayuela, o, como también lo llamaste, tu "kibbutz del deseo". Justamente, como acontecimiento fue que se te ocurrió la frase: "kibbutz del deseo", no supiste nunca de donde vino, simplemente te atrapó por completo y supiste que allí estaba lo que buscabas, en la rayuela, en ese juego donde la tierra y el cielo están en un mismo plano, sin jerarquías trascendentes, simplemente en una potencia de pie-piedra-mano.
Entonces volviste, renunciaste a la Tura. Llegaste a BsAs siendo otro. Error: ni otro ni el mismo. Devenir. Una línea te había desterritorializado, te había arrancado de un lugar que ya te tenía muerto y que ya querías matar. Línea-Maga que ya era parte de tu cuerpo. Sin turas, en la intensidad del patio de Don Crespo, en la maravilla del gato calculista del circo, bebiendo cerveza y contando chistes verdes en la morgue del loquero, construyendo puentes-tablones para disputar amores entre excusas de yerba y clavos (esa intensidad que llevó a Cortázar a escribir el capítulo más maravilloso de esa novela y que, creo, nunca volveré a leer algo tan genial).
Quizá acontecimiento no solo es lo discontinuo, quizá los acontecimientos también son las líneas en las que estamos subidos para que se produzca lo continuo y lo discontinuo. Horacio creyó apostólicamente en el acontecimiento Tura, vivió las continuidades y discontinuidades propias de esa línea. En un momento fue envuelto por un acontecimiento Maga, que no era la Maga, era esa línea que la componía a ella, como tantas otras, y por la que finalmente se dejó envolver. Pero si la Maga se había enamorado del Horacio-Tura y para Horacio el Mundo-Maga era siempre un espejo, siempre ajeno, siempre infinitamente irreconocible, entonces la Maga tenía que desaparecer y desapareció.
Pero por esto mismo es que Rayuela puede leerse de cualquier modo, en cualquier sentido, porque no hay continuidad como línea de vida abstracta, no hay plan más que imaginado. En cualquier momento una línea nos puede envolver y llevarnos a nuevas condiscontinuidades y ese no será un nuevo camino recto, simplemente un camino más hasta que otra línea, etc.
Somos líneas millones, líneas rizoma, solo que tenemos gran afinidad por podarnos.
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